Celso Emilio Ferreiro: El Mercader
+
En la triste sociedad que lo nutría,
regida por la ley de los escalatorres,
las cosas no eran buenas ni malas,
eran sólo pérdidas y ganancias.
Todo era producto y mercancia,
y todo tenía precio, incluso el alma.
Pongamos, pues, un precio razonable
a quien vivió con gusto en este fango
y ahora está pudriéndose en la tierra
que nunca amó: un kilo de barro.
+
Poesía Libre. Revista de Poesía. Ministerio de Cultura, Managua (Nicaragua) Años IV. Número 10, enero de 1984.
Responsable: Julio Valle-Castillo
Consejo Editorial:
Carlos Calero (Monimbó); Juan Ramón Falcón (Condega); Marvin Ríos (Niquinohomo); Cony Pacheco (Subtiava); Gonzalo Martínez (Bluefields); Gerardo Gadea (Ejército Popular Sandinista)
A la revista 'Caminar Conociendo', nº 9, se le han ido agregando escritos. Si desea ojear el número de ella retroceda hasta encontrar el índice, el staf o los titulares de la misma.
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jueves, 29 de octubre de 2009
miércoles, 14 de octubre de 2009
Juan Ramón Jiménez: Rubén Darío
Rubén Darío por Juan Ramón Jiménez
8 de febrero de 1916
Peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.
Rubén Darío
*
I
No hay que decirlo más. Todos lo saben
sin decirlo más ya.
¡Silencio!
-Es un crepúsculo
de ruinas, deshabitado, frío
(que parece inventado
por él, mientras temblaba),
con una negra puerta
de par en par.
Si. Se la ha entrado
a América su ruiseñor errante
en el corazón plácido. ¡Silencio!
Si. Se le ha entrado
a América en el pecho
su propio corazón. Ahora lo tiene,
parado en firme, para siempre,
en el definitivo
cariño de la muerte.
*
II
Lo que él, frenético, cantara,
está, cual todo el cielo,
en todas partes. Todo lo hizo
fronda bella su lira. Por doquiera
que entraba, verdecía
la maravilla eterna
de todas las edades.
*
III
La muerte, con su manto
inmenso, abierto todo
por tanta armonía reentrada,
nos lo quitó.
Está, ¡rey siempre!,
dentro, honrado el sepulcro,
coronado de toda la memoria.
*
IV
¡Ahora si, musas tristes
que va a cantar la muerte!
¡Ahora si que va a ser la primavera
humana en su divina flor! ¡Ahora
sí que sé dónde muere el ruiseñor!
¡No hay que decirlo más!
¡Silencio al mirto!
*
Boston,
12 de marzo
*
Juan Ramón Jiménez
8 de febrero de 1916
Peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.
Rubén Darío
*
I
No hay que decirlo más. Todos lo saben
sin decirlo más ya.
¡Silencio!
-Es un crepúsculo
de ruinas, deshabitado, frío
(que parece inventado
por él, mientras temblaba),
con una negra puerta
de par en par.
Si. Se la ha entrado
a América su ruiseñor errante
en el corazón plácido. ¡Silencio!
Si. Se le ha entrado
a América en el pecho
su propio corazón. Ahora lo tiene,
parado en firme, para siempre,
en el definitivo
cariño de la muerte.
*
II
Lo que él, frenético, cantara,
está, cual todo el cielo,
en todas partes. Todo lo hizo
fronda bella su lira. Por doquiera
que entraba, verdecía
la maravilla eterna
de todas las edades.
*
III
La muerte, con su manto
inmenso, abierto todo
por tanta armonía reentrada,
nos lo quitó.
Está, ¡rey siempre!,
dentro, honrado el sepulcro,
coronado de toda la memoria.
*
IV
¡Ahora si, musas tristes
que va a cantar la muerte!
¡Ahora si que va a ser la primavera
humana en su divina flor! ¡Ahora
sí que sé dónde muere el ruiseñor!
¡No hay que decirlo más!
¡Silencio al mirto!
*
Boston,
12 de marzo
*
Juan Ramón Jiménez
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miércoles, 19 de diciembre de 2007
Gabriel Celaya: Lo que faltaba
A Garcilaso de la Vega
Si de mi baja lira prosaista
surgiera, no mi voz, sino mi España
verías como vibras en su entraña
pese a tanto cantor garcilasista.
Estamos con las armas en la mano,
buscando un nuevo ritmo, fiel contraste.
Estamos como tú nos enseñaste,
luchando por lo nuevo y por lo sano.
Por eso te saludo y te prometo
que daré, como tú, cauce a la Historia:
porque eres en mi, vida, no memoria,
e impulso a la aventura, no soneto.
Gabriel Celaya
Si de mi baja lira prosaista
surgiera, no mi voz, sino mi España
verías como vibras en su entraña
pese a tanto cantor garcilasista.
Estamos con las armas en la mano,
buscando un nuevo ritmo, fiel contraste.
Estamos como tú nos enseñaste,
luchando por lo nuevo y por lo sano.
Por eso te saludo y te prometo
que daré, como tú, cauce a la Historia:
porque eres en mi, vida, no memoria,
e impulso a la aventura, no soneto.
Gabriel Celaya
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jueves, 26 de julio de 2007
Calle de la Aurora
jueves, 10 de mayo de 2007
Gil de Biedma: No volveré a ser joven
Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.
Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
(No volveré a ser joven)
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.
Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan solo
las dimensiones del teatro.
Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
(No volveré a ser joven)
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martes, 24 de abril de 2007
Emilio Prados: Temor de Abril
Está en el cielo el alba,
como una herida abierta...
Cruza el monte lejano
una nube sangrienta.
Sobre sus albas hojas
ya en temblor, la arboleda
hacia la luz que avanza
su batalla presenta.
E. Prados
como una herida abierta...
Cruza el monte lejano
una nube sangrienta.
Sobre sus albas hojas
ya en temblor, la arboleda
hacia la luz que avanza
su batalla presenta.
E. Prados
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lunes, 23 de abril de 2007
Blas de Otero: De 'Esto no es un libro'

'Yo os traígo un alba, hermanos. Surto un agua,
eterna no, parada ante la casa.
Salid a ver. Venid, bebed. Dejadme
que os unja de agua y luz, bajo la carne.
Blas de Otero
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viernes, 20 de abril de 2007
Lope de Vega: 'Muerte de Albania'
¿A dónde vas con alas tan ligeras,
del hemisferio nuestro al tuyo opuesto,
divino sol en el oriente puesto,
donde fuera más justo que nacieras?
Apenas te gozaron las riberas
del Tajo, a ser tu antípoda dispuesto,
cuando las cubres de ciprés funesto,
robando en ti sus verdes primaveras.
Los duros jaspes, los rebeldes bronces,
se ablandan escuchando mis enojos:
dime, pues ya te vas, si podré verte.
Así Fabio lloraba. Albania entonces
miróle, y quiso hablar, cerró los ojos,
y respondióle lo demás la muerte.
Lope de Vega
Soneto XXX
del hemisferio nuestro al tuyo opuesto,
divino sol en el oriente puesto,
donde fuera más justo que nacieras?
Apenas te gozaron las riberas
del Tajo, a ser tu antípoda dispuesto,
cuando las cubres de ciprés funesto,
robando en ti sus verdes primaveras.
Los duros jaspes, los rebeldes bronces,
se ablandan escuchando mis enojos:
dime, pues ya te vas, si podré verte.
Así Fabio lloraba. Albania entonces
miróle, y quiso hablar, cerró los ojos,
y respondióle lo demás la muerte.
Lope de Vega
Soneto XXX
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miércoles, 18 de abril de 2007
Jon Juaristi: Jardín de Abando
A Javier Corcuera
'... el año 82 -¡bendito el día en que conocí a mi Patria, y eterna gratitud a quien me sacó de las tinieblas extranjeristas!- una mañana en que nos paseábamos en nuestro jardín, mi hermano Luis y yo, entablamos una discusión patriótica.'
Sabino Arana Goiri
'El sol de la libertad ha salido del bosque'
Himno nacionalista
'Hay indios de pradera y hay indios de jardín'
Gabriel Moral Zabala
Aquí Bilbao no tiene parte alguna
ni llegan de las minas los rumores.
Sabino y Luis pasean entre flores
bajo la luz dorada de la luna.
Rompe la calma nemorosa y bruna
el dulce lamentar de dos pastores.
-¿Sabes, Sabino, o tempora o mores,
que fuimos nobles incas en la puna?
¿Que ya suena la quena, que ya atruena
el fragor del broquel y de la azcona
cumbres de Machu Pichú y Villasana,
con razón sana por lo siempre Mena?
Mira el monte preñado de borona.
Mira como se acerca la mañana.
Jon Juaristi
('Diario de un poeta recien cansado')
'... el año 82 -¡bendito el día en que conocí a mi Patria, y eterna gratitud a quien me sacó de las tinieblas extranjeristas!- una mañana en que nos paseábamos en nuestro jardín, mi hermano Luis y yo, entablamos una discusión patriótica.'
Sabino Arana Goiri
'El sol de la libertad ha salido del bosque'
Himno nacionalista
'Hay indios de pradera y hay indios de jardín'
Gabriel Moral Zabala
Aquí Bilbao no tiene parte alguna
ni llegan de las minas los rumores.
Sabino y Luis pasean entre flores
bajo la luz dorada de la luna.
Rompe la calma nemorosa y bruna
el dulce lamentar de dos pastores.
-¿Sabes, Sabino, o tempora o mores,
que fuimos nobles incas en la puna?
¿Que ya suena la quena, que ya atruena
el fragor del broquel y de la azcona
cumbres de Machu Pichú y Villasana,
con razón sana por lo siempre Mena?
Mira el monte preñado de borona.
Mira como se acerca la mañana.
Jon Juaristi
('Diario de un poeta recien cansado')
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jueves, 12 de abril de 2007
Reseñas del 'Sectario': 'Como un botón'
Juan Kruz IgerabideCOMO UN BOTON
El Sectario se lleva una gran alegría cuando su amigo, Juan Kruz Igerabide le envía estas 'palabras con sandalias'. Se trata de un libro de poemas, bilingüe, es decir en euskera y castellano, como debe ser para los que no somos euskaldunes.
Y no es una editorial cualquiera la que se lo9 ha editado, no, sino, nada más y nada menos que la Editorial ANAYA y en su colección LIBURU ZOPA.
Ya en otra ocasión dimos noticia de la publicación de su libro 'Poemas para la pupila' de la que nos había mandado una muestra antes de sacarlo a la luz. Entonces la profesora y poetisa, Isabel Escudero, nos preguntó si eran haikus. No supimos qué contestarle, pero en esta ocasión Juan Kruz reconoce la influencia de esa métrica japonesa. Son, efectivamente, casi todos, poemas de tres versos a los que le ha puesto delicadas ilustraciones Elena Odriozola.
El amigo del Sectario, Igerabide, entró en la literatura de la mano de la poesía. Ahora ya tiene numerosos libros de cuentos para niños, algunos en nuestra biblioteca. El Sectario piensa que es mejor poner algún ejemplo de su poesía y lo hace:
La sonrisa del hombre,
la sonrisa de la mujer,
un beso, y yo.
Que dicho en euskera suena así:
Gizonaren irribarrea,
emakumearen irribarrea,
musu bat, eta ni.
Juan Kruz Igerabide - Juan Cruz Iguerabide
LEÍDO EN LA PÁGINA 46 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 9 DE
JULIO DEL 2.001
José Luís Morante: 'Libro de inventario y arqueología submarina'
0

LIBRO DE INVENTARIO
Y ARQUEOLOGÍA SUBMARINA
Por José Luis Morante

Arturo Ledrado (Madrid, 1959) nos mostró sus poemas iniciales en un libro de título premonitorio, Encuentro en Rivas, un trabajo colectivo que aglutinaba firmas conocidas e inéditas. Desde entonces ha desarrollado una amplia labor como editor y activista cultural y ha colaborado con frecuencia en medios de comunicación. Hace un lustro creó la Asociación Prima Littera y por eso, con frecuencia, su nombre ha estado más relacionado con la infraestructura del libro que con la producción de textos propios. Sin embargo, en él la escritura es vocación temprana como lo atestiguan los relatos ahora reunidos en Libro de Inventario (Encuentro en Rivas, Madrid, 1999), carta de presentación en solitario rescatada de carpetas sepias y oscuros cajones, una entrega que bien podría titularse Cajas chinas.
Con prólogo de Norberto Romero, el conjunto acoge 22 textos de un amplio escaparate argumental y estilístico, como si hubieran sido escritos en tiempos y atmósferas sucesivas. Los hay que imitan la caligrafía solemne y sentenciosa de un informe funcionarial, como el titulado “En su defensa expone”; otros recuerdan relatos de tradición oral para alegrar las sobremesas del invierno, e incluso alguno corresponde a la percepción esteticista de una anotación de dietario –“Sinfonía azul” sería un buen ejemplo-. Otros son palimpsestos de algunos autores de culto como Julio Cortazar o Juan Rulfo, dormitan en zonas fronterizas entre el artículo periodístico y el relato minimalista.Entre estos cuentos y su poemario de presentación hay muchos lazos de parentesco y no pocos caminos de ida y vuelta. El título de su poemario es Arqueología submarina cuyo sentido atestiguan algunos versos de su poema “Bajo llave”. En esta composición leemos:
“No vaya a ser que a cada instante
un objeto común y ajado nos recuerde
que ayer pasó,
que una parte significativa de nosotros
es ya materia de arqueólogos”.
Por tanto, su poética sugiere que la escritura aborda el rescate de las muertes domésticas que conviven con nosotros, como si fuéramos escombros de una civilización antigua que alguien reconstruye a partir de un legado semiderruido.
Abunda en los versos una simbología de la destrucción. Así el diluvio, esa lluvia copiosa que cuando amansa permite a la paloma regresar con una ramita de olivo en el pico; pero que ha liberado al basilisco que ha borrado del mapa unicornios y grifos y sirenas, ha marchitado sueños y esperanzas y ha dejado el nivel de las aguas en su cota de diario. Ninguna simbología implícita hay en la muerte, una de las obsesiones redundantes de Arturo Ledrado; la muerte como una puerta a la sombra, según explicita el poema “Fondos de inversión”.
Otro gran filón argumental del libro es la poesía urbana: la ciudad como entorno y latido, una aglomeración de coordenadas geográficas precisas, un Madrid arquetípico que acumula soledad y desarraigo, monotonía y horarios laborales, mendigos y rostros que se pierden para siempre al doblar una esquina.
Ambos libros se complementan y nos dejan las primeras fotos de una voz nueva a la que deseamos los mejores itinerarios. Ilusión y oficio no le faltan.
José Luis Morante
Sin tiempo para mentar:
El veneno de las rosas de Pilar Narbón; Las mariposas azules de José A. Aguirre; Un rey golpe a golpe; Obra periodística de César M. Arconada.
TOMADO DE LAS PÁGINAS 46-47 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 9 DE JULIO DEL AÑO 2.001
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OVIDIO PÉREZ MARTÍN: 'CONOCIMIENTO, REVELACIÓN, LENGUAJEs'
o
CONOCIMIENTO, REVELACIÓN, LENGUAJES
Por Ovidio Pérez Martín
No es este librito de 32 páginas –Conocimiento, revelación, lenguajes; Antonio Gamoneda; Cuadernos del Noroeste, 3; La Biblioteca IES.; León: Lancia, 2000- un conjunto de poemas. Antonio Gamoneda, insistiendo en la línea de su librito “El cuerpo de los símbolos”, expone en este ensayo su saber sobre la poesía a partir de su revelación, intensa y amorosa, con ella.
La cita de José Luis Pardo que abre el cuaderno es reveladora de lo que luego Gamoneda irá desarrollando: “El poder de la palabra para deshacer significados establecidos es, sin duda alguna, un poder subversivo y liberador.”
El lenguaje –escribe Gamoneda- genera conocimiento cuando las cosas ya tienen nombre. Pero el poema generalmente nombra lo desconocido, lo que en ese momento en que germina el poema se va descubriendo, antes no visto ni sentido. Nombrar lo recién nacido es revelación, es su despliegue. Se me ocurre añadir, para ilustrar lo que Gamoneda dice, lo siguiente: Hubo un tiempo en que los árboles no existían, no tenían nombre. Solo cuando el hombre dijo árbol, el árbol se desprendió de todo lo que le encubría: y resultó ser hermoso, derecho o torcido, y, además, el viento movía sus hojas.
Gamoneda pone en evidencia dos maneras de lenguaje: uno es el lenguaje informativo, convencional, socialmente pactado y que, a veces, sirve como transmisión del conocimiento del mundo: el lenguaje científico; a veces expone hechos imaginarios: el lenguaje literario; y, a veces, se degrada hasta hacerse políticamente correcto.
Con el lenguaje informativo tiene mucho que ver el “pensamiento programadamente débil” que se identifica con un liberalismo falaz propio de las democracias ‘occidentales’. Cita Gamoneda a Valente: “la privación de sentido (...) es el arma por antonomasia de la democracia”. Y dice rotundamente: “instalarse en el pensamiento débil es una inmoralidad”. Añade por su cuenta Gamoneda: “Que la escritura que se supone poética esté impregnada de éste no-pensamiento es una añadidura dolorosa. Sólo la rebeldía del pensamiento poético utópico, que resultará irrealista y anormal respecto de la despreciable y débil normalidad al uso, tiene dignidad y ese ‘sentido’ de que hablan Bernard Noel y Valente; sólo –de acuerdo con José Luis Pardo- la rebeldía de la creación libre puede ser crítica y mantener valor moral frente a la existencia dirigida. Este es un asunto para la conciencia, pero lo es también para el lenguaje. Naturalmente, ir de irrealista o hermético sin más, no otorga cédula de poeta, pero la analogía del lenguaje minirrealista pretendidamente poético (ése que se promueve poco menos que en términos de mercado y que está casi ‘oficializado’ en España) con los lenguajes informativos instrumentados por los poderes económico y político en sus tecnologías mediáticas, es la prueba de su debilidad moral añadidura a la debilidad estética” (pag. 21). La cita ha sido larga pero se hace un diagnóstico real y preciso del estado actual de la poesía en este Reino.
Otro es el lenguaje creador, el lenguaje de la revelación, que es el lenguaje verdaderamente poético. El lenguaje es algo muy diferente de los otros, también del literario. La revelación por la palabra, el lenguaje poético, nace –al menos Gamoneda está convencido de ello- en la ‘confusión’ de una causa musical y una causa significativa: es un “pensamiento que canta”. Este lenguaje también es creación y de la creación nace realidad siempre.
Habla también Gamoneda, con respecto a este lenguaje creador, de ‘memoria de partes’, es decir, recuerdo fragmentado para comprender el todo. Y la memoria es conciencia del tiempo vivido y desaparecido. Y, sin embargo, se escribe poesía por y para el placer. Si para Parménides la vida es producto de contrarios, para Gamoneda la poesía se genera desde la memoria de lo perdido, desde la herida del tiempo y para suturar esta herida. La palabra poética es palabra que cura, y engendra –por eso produce placer- el momento siguiente, viviente. De ahí la necesidad de la poesía.
Este lenguaje de creación / revelación, primordial para el conocimiento pues es semilla del lenguaje, es el propio de la poesía.
Y termina Gamoneda: “Enorme, irreversible conquista ésta (el lenguaje poético), aunque no les parezca así a quienes han salido de sí mismos y han puesto, quizá, sus mejores potencias para entrar, conscientes o no, en la obediencia al poder y ayudar desde el pensamiento débil a sus intereses”.
Ovidio Pérez Martín
(en la página 47 de la revista 'Caminar Conociendo', número 9 de julio de 2001)
CONOCIMIENTO, REVELACIÓN, LENGUAJES
Por Ovidio Pérez Martín
No es este librito de 32 páginas –Conocimiento, revelación, lenguajes; Antonio Gamoneda; Cuadernos del Noroeste, 3; La Biblioteca IES.; León: Lancia, 2000- un conjunto de poemas. Antonio Gamoneda, insistiendo en la línea de su librito “El cuerpo de los símbolos”, expone en este ensayo su saber sobre la poesía a partir de su revelación, intensa y amorosa, con ella.
La cita de José Luis Pardo que abre el cuaderno es reveladora de lo que luego Gamoneda irá desarrollando: “El poder de la palabra para deshacer significados establecidos es, sin duda alguna, un poder subversivo y liberador.”
El lenguaje –escribe Gamoneda- genera conocimiento cuando las cosas ya tienen nombre. Pero el poema generalmente nombra lo desconocido, lo que en ese momento en que germina el poema se va descubriendo, antes no visto ni sentido. Nombrar lo recién nacido es revelación, es su despliegue. Se me ocurre añadir, para ilustrar lo que Gamoneda dice, lo siguiente: Hubo un tiempo en que los árboles no existían, no tenían nombre. Solo cuando el hombre dijo árbol, el árbol se desprendió de todo lo que le encubría: y resultó ser hermoso, derecho o torcido, y, además, el viento movía sus hojas.
Gamoneda pone en evidencia dos maneras de lenguaje: uno es el lenguaje informativo, convencional, socialmente pactado y que, a veces, sirve como transmisión del conocimiento del mundo: el lenguaje científico; a veces expone hechos imaginarios: el lenguaje literario; y, a veces, se degrada hasta hacerse políticamente correcto.
Con el lenguaje informativo tiene mucho que ver el “pensamiento programadamente débil” que se identifica con un liberalismo falaz propio de las democracias ‘occidentales’. Cita Gamoneda a Valente: “la privación de sentido (...) es el arma por antonomasia de la democracia”. Y dice rotundamente: “instalarse en el pensamiento débil es una inmoralidad”. Añade por su cuenta Gamoneda: “Que la escritura que se supone poética esté impregnada de éste no-pensamiento es una añadidura dolorosa. Sólo la rebeldía del pensamiento poético utópico, que resultará irrealista y anormal respecto de la despreciable y débil normalidad al uso, tiene dignidad y ese ‘sentido’ de que hablan Bernard Noel y Valente; sólo –de acuerdo con José Luis Pardo- la rebeldía de la creación libre puede ser crítica y mantener valor moral frente a la existencia dirigida. Este es un asunto para la conciencia, pero lo es también para el lenguaje. Naturalmente, ir de irrealista o hermético sin más, no otorga cédula de poeta, pero la analogía del lenguaje minirrealista pretendidamente poético (ése que se promueve poco menos que en términos de mercado y que está casi ‘oficializado’ en España) con los lenguajes informativos instrumentados por los poderes económico y político en sus tecnologías mediáticas, es la prueba de su debilidad moral añadidura a la debilidad estética” (pag. 21). La cita ha sido larga pero se hace un diagnóstico real y preciso del estado actual de la poesía en este Reino.
Otro es el lenguaje creador, el lenguaje de la revelación, que es el lenguaje verdaderamente poético. El lenguaje es algo muy diferente de los otros, también del literario. La revelación por la palabra, el lenguaje poético, nace –al menos Gamoneda está convencido de ello- en la ‘confusión’ de una causa musical y una causa significativa: es un “pensamiento que canta”. Este lenguaje también es creación y de la creación nace realidad siempre.
Habla también Gamoneda, con respecto a este lenguaje creador, de ‘memoria de partes’, es decir, recuerdo fragmentado para comprender el todo. Y la memoria es conciencia del tiempo vivido y desaparecido. Y, sin embargo, se escribe poesía por y para el placer. Si para Parménides la vida es producto de contrarios, para Gamoneda la poesía se genera desde la memoria de lo perdido, desde la herida del tiempo y para suturar esta herida. La palabra poética es palabra que cura, y engendra –por eso produce placer- el momento siguiente, viviente. De ahí la necesidad de la poesía.
Este lenguaje de creación / revelación, primordial para el conocimiento pues es semilla del lenguaje, es el propio de la poesía.
Y termina Gamoneda: “Enorme, irreversible conquista ésta (el lenguaje poético), aunque no les parezca así a quienes han salido de sí mismos y han puesto, quizá, sus mejores potencias para entrar, conscientes o no, en la obediencia al poder y ayudar desde el pensamiento débil a sus intereses”.
Ovidio Pérez Martín
(en la página 47 de la revista 'Caminar Conociendo', número 9 de julio de 2001)
Reseñas del 'Sectario' y sus amigos: 'DESDE MI CELDA'
o
DESDE MI CELDA
Todo el mundo sabe que el poeta, el gran poeta, G. A. Bécquer, escribió una serie de cartas, desde el Monasterio de Veruela en Burgos, rotuladas “Desde mi celda” en 1864. El Sectario también lo sabe. De modo que, novedad lo que se dice novedad, este libro no es. Pero que se reedite con una introducción de la profesora Mª Paz Díez-Taboada, amiga del Sectario y colaboradora de “Caminar conociendo”, eso si que es novedad.
La editorial Espasa Calpe pone en la portada “Nueva edición. Lectura recomendada”. Y dejando aparte el reclamo publicitario, efectivamente es nueva: del 2.000; y, sí, puede recomendarse muy merecidamente, sobre otras ediciones de Bécquer, por el excelente estudio de la amiga del servidor que escribe estas reseñas; estudio que contiene un perfil biográfico haciendo hincapié en la perenne juventud del poeta romántico y su trabajo como periodista; esto le permite adentrarse en la unidad y variedad de sus cartas, en los rasgos costumbrista...
Ya acercándose al final la profesora incluye un apéndice: cuadro cronológico, documentación complementaria donde se recoge el juicio de diversos autores sobre Bécquer y terminando con un taller de lectura carta por carta. Volver a leer a un clásico siempre es recomendable. Leer estas cartas es, además, doblemente enriquecedor.
DE LAS PAGINAS 45, 46, y 47 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚERO 9
DESDE MI CELDA
Todo el mundo sabe que el poeta, el gran poeta, G. A. Bécquer, escribió una serie de cartas, desde el Monasterio de Veruela en Burgos, rotuladas “Desde mi celda” en 1864. El Sectario también lo sabe. De modo que, novedad lo que se dice novedad, este libro no es. Pero que se reedite con una introducción de la profesora Mª Paz Díez-Taboada, amiga del Sectario y colaboradora de “Caminar conociendo”, eso si que es novedad.
La editorial Espasa Calpe pone en la portada “Nueva edición. Lectura recomendada”. Y dejando aparte el reclamo publicitario, efectivamente es nueva: del 2.000; y, sí, puede recomendarse muy merecidamente, sobre otras ediciones de Bécquer, por el excelente estudio de la amiga del servidor que escribe estas reseñas; estudio que contiene un perfil biográfico haciendo hincapié en la perenne juventud del poeta romántico y su trabajo como periodista; esto le permite adentrarse en la unidad y variedad de sus cartas, en los rasgos costumbrista...
Ya acercándose al final la profesora incluye un apéndice: cuadro cronológico, documentación complementaria donde se recoge el juicio de diversos autores sobre Bécquer y terminando con un taller de lectura carta por carta. Volver a leer a un clásico siempre es recomendable. Leer estas cartas es, además, doblemente enriquecedor.
DE LAS PAGINAS 45, 46, y 47 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚERO 9
Reseñas del 'Sectario' y sus amigos: 'El Negro'
“Caminar conociendo” empezó sus reseñas declarando que, principal y casi exclusivamente, las haría de libros escritos por amigos; o de aquellos que, no siendo amigos, la tomaran en serio y se los enviaran. Era un punto de vista radicalmente subjetivo, sectarísimo. Pero, ahora, este que escribe, El Sectario, ha tomado por suyo ese punto de vista, recordando que ya Pepe Bergamín –quizás el mayor escritor español contemporáneo- lo justificó diciendo que él no podía ser objetivo porque no era objeto... pues eso.
El Sectario anuncia que las reseñas serán –ya lo siente- algo cortas porque no tiene tiempo en detenerse en detalles que, por otra parte, no serían importantes mas que para él.
o
EL NEGRO
El Ateneo Obrero de Gijón ha publicado hace poco “EL Negro”, primera novela de la “Tetralogía de Gijón” que tendrá por escenario a la villa asturiana. Sexto relato de la colección “Zigurat” que dirige el poeta David González y por cuya sugerencia le fue enviado al Sectario por el director del ateneo D. Luis Pascual; y relato doble o triplemente negro, o más: por su tema, por su trama, por la postura de los personajes, por la portada, por las ilustraciones...
El protagonista de la novela trabaja de negro para el hijo del editor Hueco –nombre muy gráfico- y relata en primera persona sus problemas en Gijón pero remitiéndose continuamente a su vida de joven en Canarias, franquista y soplón. Todo lo cual permite al autor, Jesús R. Castellano, denunciar la explotación de estos escritores condenados a dar lustre a las botas de unos personajes inútiles pero pertenecientes a un estado o clase superior; y, también, de paso exponer, con cruel desnudez, la servidumbre a que estos ‘negros’ se ven abocados hacia esos editores sin escrúpulos, sinvergüenzas que lo único que quieren es vender más y más ejemplares, aunque no sean mas que basura. Trama alucinante (quizás por el excesivo número de ‘rayas’ de coca que se mete el ‘negro’ entre pecho y espalda) y que, cómo no, acaba con un asesinato; personajes marginales, miserables, ajenos a esa “ESPAÑAVABIEN” pueblan el relato. Que ustedes lo disfruten.
DE LAS PAGINAS 45, 46, y 47 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', ´NÚMERO 9
lunes, 15 de enero de 2007
ARCONADA y LOS CRITERIOS LITERARIOS

ARCONADA Y LOS CRITERIOS LITERARIOS
Por José Mª Amigo Zamorano
Hay escritores que se expresan con una especie de latiguillo: “hay que regirse por criterios literarios”, “en literatura actuemos con criterios literarios”, “solo los criterios literarios deben llevarnos a…”. Y lo dicen como si tales criterios estuviesen tallados en roca viva desde siglos por mano divina.
Pero, ¿qué son criterios literarios?, les preguntamos; y, como tienen verbo fácil, nos ponen su disco, cada uno con su música, que no entendemos porque no concuerda con la práctica, con la vida que observamos; y con lo que advertimos en ellos mismos.
¿Qué es lo que vemos?: por todas partes grupos, sectas, capillas… que simpatizan o están enemistados a muerte; lo que para unos está muy bien escrito, para otros ‘vale menos que el pedo de una hiena vieja’; esto es fácilmente explicable; lo decía muy bien el autor del Lazarillo de Tormes: “Mayormente que los gustos no son todos unos; mas lo que uno no come otro se pierde por ello”; y siendo así, entonces… ¿dónde están los famosos criterios?... ¿se los sacan de la manga?...
En realidad, sean ellos conscientes o no, es la vieja posición de la torre de marfil: el intento, baldío, de hacer una literatura químicamente pura, sin mezcla… de la vida: ni amistad, ni política, ni gusto, ni moda… ‘littera’ pura: una entelequia.
Pero una entelequia un tanto hipócrita pues, por todas partes, amigos, grupos, capillas… se lanzan piropos; o se degüella a los contrarios; sin que, por eso, unos sean buenos o malos a rabiar.
Un ejemplo: una vez le pregunté al escritor D. Eusebio García Luengo (cercano al centenar de años y retirado hace años del brillo literario) por una poetisa. Me habló de ella, desde cuando la conocía, de su padre editor, y de paso me dijo que era muy amiga (incluso más que amiga) de otra poetisa, extremeña ésta, como él. Y continuamos la charla reconociendo, de ambas, su buen hacer poético. El año pasado, cogiendo al azar una revista de literatura (creo que fue ‘Letra Internacional’), leí una crítica muy elogiosa del poemario de de una de ellas recién publicado; cosa nada particular siendo, como lo son, ambas, muy celebradas; empero… ¡qué casualidad!... las flores provenían de una sobre la otra poetisa amiga de las hablábamos Eusebio y yo.
La amistad no es un criterio literario: eso está claro; sí, claro… para la Historia. Convendría saber entonces cuáles son los criterios de la Historia, pues se da tanto trajín en eso de la memoria de los pueblos: unos escritores, olvidados hasta hace poco, vuelven triunfantes desde el pozo oscuro de la nada… otros, que estaban en la gloria, se hunden en los negros abismos del olvido… Y es que los gustos, modas, política… ¡qué sé yo!... cambian…
¿Qué es lo que nos ha movido a dedicarle tantas páginas al escritor palentino César M. Arconada?... A lo mejor la memoria de su nacimiento; o que nos haya hablado tanto, de él, D. Eusebio; o por haber nacido, como nosotros, en un pueblo castellano; sin duda por haberse comprometido con la libertad, ahora que se habla tanto de ella; o el hecho, misterioso para nosotros, de que algunos digan que es un escritor inmenso y otros, los más, no tengan ni idea de él; o porque hubiera sido celebrado poeta y novelista y autor de teatro; o… fuera redactor jefe de la más importante revista intelectual de su tiempo…
Estas razones, ¿son criterios literarios? Depende, para unos si y para otros no. Nosotros creemos que si. Lo que está claro es que los otros, los puros, los criterios puros, no mueven a nadie. Si acaso a profesores para escribir algún tratado. Pero eso… ¿es capaz de levantársela a alguien?...
*José María Amigo Zamorano es director de la revista
Por José Mª Amigo Zamorano
Hay escritores que se expresan con una especie de latiguillo: “hay que regirse por criterios literarios”, “en literatura actuemos con criterios literarios”, “solo los criterios literarios deben llevarnos a…”. Y lo dicen como si tales criterios estuviesen tallados en roca viva desde siglos por mano divina.
Pero, ¿qué son criterios literarios?, les preguntamos; y, como tienen verbo fácil, nos ponen su disco, cada uno con su música, que no entendemos porque no concuerda con la práctica, con la vida que observamos; y con lo que advertimos en ellos mismos.
¿Qué es lo que vemos?: por todas partes grupos, sectas, capillas… que simpatizan o están enemistados a muerte; lo que para unos está muy bien escrito, para otros ‘vale menos que el pedo de una hiena vieja’; esto es fácilmente explicable; lo decía muy bien el autor del Lazarillo de Tormes: “Mayormente que los gustos no son todos unos; mas lo que uno no come otro se pierde por ello”; y siendo así, entonces… ¿dónde están los famosos criterios?... ¿se los sacan de la manga?...
En realidad, sean ellos conscientes o no, es la vieja posición de la torre de marfil: el intento, baldío, de hacer una literatura químicamente pura, sin mezcla… de la vida: ni amistad, ni política, ni gusto, ni moda… ‘littera’ pura: una entelequia.
Pero una entelequia un tanto hipócrita pues, por todas partes, amigos, grupos, capillas… se lanzan piropos; o se degüella a los contrarios; sin que, por eso, unos sean buenos o malos a rabiar.
Un ejemplo: una vez le pregunté al escritor D. Eusebio García Luengo (cercano al centenar de años y retirado hace años del brillo literario) por una poetisa. Me habló de ella, desde cuando la conocía, de su padre editor, y de paso me dijo que era muy amiga (incluso más que amiga) de otra poetisa, extremeña ésta, como él. Y continuamos la charla reconociendo, de ambas, su buen hacer poético. El año pasado, cogiendo al azar una revista de literatura (creo que fue ‘Letra Internacional’), leí una crítica muy elogiosa del poemario de de una de ellas recién publicado; cosa nada particular siendo, como lo son, ambas, muy celebradas; empero… ¡qué casualidad!... las flores provenían de una sobre la otra poetisa amiga de las hablábamos Eusebio y yo.
La amistad no es un criterio literario: eso está claro; sí, claro… para la Historia. Convendría saber entonces cuáles son los criterios de la Historia, pues se da tanto trajín en eso de la memoria de los pueblos: unos escritores, olvidados hasta hace poco, vuelven triunfantes desde el pozo oscuro de la nada… otros, que estaban en la gloria, se hunden en los negros abismos del olvido… Y es que los gustos, modas, política… ¡qué sé yo!... cambian…
¿Qué es lo que nos ha movido a dedicarle tantas páginas al escritor palentino César M. Arconada?... A lo mejor la memoria de su nacimiento; o que nos haya hablado tanto, de él, D. Eusebio; o por haber nacido, como nosotros, en un pueblo castellano; sin duda por haberse comprometido con la libertad, ahora que se habla tanto de ella; o el hecho, misterioso para nosotros, de que algunos digan que es un escritor inmenso y otros, los más, no tengan ni idea de él; o porque hubiera sido celebrado poeta y novelista y autor de teatro; o… fuera redactor jefe de la más importante revista intelectual de su tiempo…
Estas razones, ¿son criterios literarios? Depende, para unos si y para otros no. Nosotros creemos que si. Lo que está claro es que los otros, los puros, los criterios puros, no mueven a nadie. Si acaso a profesores para escribir algún tratado. Pero eso… ¿es capaz de levantársela a alguien?...
*José María Amigo Zamorano es director de la revista
lunes, 8 de enero de 2007
ARCONADA Y EL GATO DE LA EDICIÓN

ARCONADA Y EL GATO DE LA EDICIÓN
Por Gonzalo Santonja
Leí mi tesina sobre César Muñoz Arconada al filo de la muerte de Franco y recientemente, apenas hará dos años, un magnífico alumno de doctorado en la Universidad Complutense presentó, bajo mi dirección, una tesis verdaderamente brillante y exhaustiva sobre los primeros años del escritor en el Diario Palentino, estableciendo una pauta a mi juicio decisiva para entender su posterior proyección, que fue mucha, porque Arconada, se tenga o no presente, sentó plaza de protagonista en las múltiples encrucijadas de la Edad de Plata de nuestra literatura, desempeñando un papel crucial tanto en el episodio de las vanguardias como en el movimiento rehumanizador y en su intensificación hacia la plenitud del compromiso. O sea, que a estas alturas llevo más de cinco lustros de familiaridad con su obra y, paradójicamente, cada año que pasa la veo más cubierta de olvido, antes censurada por el franquismo y hoy víctima –víctima rampante- de la desmemoria, favorecida si acaso por gestos efímeros pero sin calado.
Al respecto, ni siquiera sirvió la gran ocasión del centenario de su nacimiento (le tocó venir al mundo por Astudillo, en Palencia, que no está nada mal, el 5 de diciembre del señaladísimo año de 1898), que pasó de largo con pena y sin gloria. Que yo sepa, media docena de conferencias aisladas, el frustrado proyecto de alguna publicación y un ciclo en Palencia, al amparo de la Universidad de Verano “Casado del Alisal”, tan interesante (y logrado, porque los ponentes se emplearon a fondo) como inadvertido, nada tumultuoso de asistencia y, para mí, incomprensiblemente desasistido por los medios de comunicación de cuya más noble historia nuestro personaje formaría parte.
Poeta ultraista, y de los buenos, que en el ultraismo no fueron tantos, (Gerardo Diego, Pedro Garfías y muy poco más) impulsor con un breve puñado de animosos amigos de un precoz suplemento literario en el ya citado Diario Palentino, biógrafo brillante de míticas estrellas de la pantalla (su aproximación a Greta Garbo, publicada en 1929, daría, sin exageraciones, la vuelta al mundo, traducida por doquier, con frecuencia en la subvariante pirata), narrador y dramaturgo “comprometido”, con el vuelo de su imaginación –debe reconocerse; en literatura de nada sirven las medias verdades- contenido por los limitadores supuestos del socialrealismo (en su caso, y también debe anotarse, atemperados por la rica lección de la vanguardia, germen de un lirismo al que jamás renunció), y luego, ya en el exilio, divulgador fecundo en los países de la órbita soviética de nuestra literatura mayor, la de los Siglos de Oro (su adaptación de La Gitanilla cervantina conoció el éxito de los escenarios hasta el final de la URSS, anualmente aupada a las carteleras del Teatro Gitano de Moscú), siempre con sus lejanos paisajes de la Palencia profunda pegados a las puntas de la pluma, irrenunciablemente fiel al castellano preciso de las gentes austeras de Tierra de Campos, con la mirada –así lo reflejan las fotografías- sembrada de nostalgias y, en las últimas imágenes, evidentemente volcada hacia los adentros, como buscándose en los débiles reflejos del sol del ocaso, de los ocasos.
De Arconada quedan libros inéditos. Libros, reitero, que no cuadernos de apuntes. Libros extensos; años llevo recordándolo. En mi biblioteca guardo copia de dos: una biografía de José Díaz, de la que di amplia noticia en el congreso sobre el exilio que en 1999 se celebró en Salamanca (a punto de salir estarán las Actas correspondientes); y un denso reportaje sobre la China de Mao Tsé Tung, donde tuvo la fortuna de que unos impresionantes desbordamientos le dejasen aislado de los burocráticos guías que las autoridades le habían asignado. ¿Cuándo saldrán? Ya me gustaría saberlo. Si alguien pone el cascabel a ese gato, buen cascabeleador será.
Por Gonzalo Santonja
Leí mi tesina sobre César Muñoz Arconada al filo de la muerte de Franco y recientemente, apenas hará dos años, un magnífico alumno de doctorado en la Universidad Complutense presentó, bajo mi dirección, una tesis verdaderamente brillante y exhaustiva sobre los primeros años del escritor en el Diario Palentino, estableciendo una pauta a mi juicio decisiva para entender su posterior proyección, que fue mucha, porque Arconada, se tenga o no presente, sentó plaza de protagonista en las múltiples encrucijadas de la Edad de Plata de nuestra literatura, desempeñando un papel crucial tanto en el episodio de las vanguardias como en el movimiento rehumanizador y en su intensificación hacia la plenitud del compromiso. O sea, que a estas alturas llevo más de cinco lustros de familiaridad con su obra y, paradójicamente, cada año que pasa la veo más cubierta de olvido, antes censurada por el franquismo y hoy víctima –víctima rampante- de la desmemoria, favorecida si acaso por gestos efímeros pero sin calado.
Al respecto, ni siquiera sirvió la gran ocasión del centenario de su nacimiento (le tocó venir al mundo por Astudillo, en Palencia, que no está nada mal, el 5 de diciembre del señaladísimo año de 1898), que pasó de largo con pena y sin gloria. Que yo sepa, media docena de conferencias aisladas, el frustrado proyecto de alguna publicación y un ciclo en Palencia, al amparo de la Universidad de Verano “Casado del Alisal”, tan interesante (y logrado, porque los ponentes se emplearon a fondo) como inadvertido, nada tumultuoso de asistencia y, para mí, incomprensiblemente desasistido por los medios de comunicación de cuya más noble historia nuestro personaje formaría parte.
Poeta ultraista, y de los buenos, que en el ultraismo no fueron tantos, (Gerardo Diego, Pedro Garfías y muy poco más) impulsor con un breve puñado de animosos amigos de un precoz suplemento literario en el ya citado Diario Palentino, biógrafo brillante de míticas estrellas de la pantalla (su aproximación a Greta Garbo, publicada en 1929, daría, sin exageraciones, la vuelta al mundo, traducida por doquier, con frecuencia en la subvariante pirata), narrador y dramaturgo “comprometido”, con el vuelo de su imaginación –debe reconocerse; en literatura de nada sirven las medias verdades- contenido por los limitadores supuestos del socialrealismo (en su caso, y también debe anotarse, atemperados por la rica lección de la vanguardia, germen de un lirismo al que jamás renunció), y luego, ya en el exilio, divulgador fecundo en los países de la órbita soviética de nuestra literatura mayor, la de los Siglos de Oro (su adaptación de La Gitanilla cervantina conoció el éxito de los escenarios hasta el final de la URSS, anualmente aupada a las carteleras del Teatro Gitano de Moscú), siempre con sus lejanos paisajes de la Palencia profunda pegados a las puntas de la pluma, irrenunciablemente fiel al castellano preciso de las gentes austeras de Tierra de Campos, con la mirada –así lo reflejan las fotografías- sembrada de nostalgias y, en las últimas imágenes, evidentemente volcada hacia los adentros, como buscándose en los débiles reflejos del sol del ocaso, de los ocasos.
De Arconada quedan libros inéditos. Libros, reitero, que no cuadernos de apuntes. Libros extensos; años llevo recordándolo. En mi biblioteca guardo copia de dos: una biografía de José Díaz, de la que di amplia noticia en el congreso sobre el exilio que en 1999 se celebró en Salamanca (a punto de salir estarán las Actas correspondientes); y un denso reportaje sobre la China de Mao Tsé Tung, donde tuvo la fortuna de que unos impresionantes desbordamientos le dejasen aislado de los burocráticos guías que las autoridades le habían asignado. ¿Cuándo saldrán? Ya me gustaría saberlo. Si alguien pone el cascabel a ese gato, buen cascabeleador será.
Gonzalo Santonja es profesor de Literatura y escritor
EN 'CAMINAR CONOCIENDO' Nº. 9 PÁGINA 10
BAILANDO CON LA VANGUARDIA

BAILANDO CON LA VANGUARDIA
Por Paz Díez-Taboada
Hace algún tiempo que, en el mundillo literario, hay un cierto afán por recuperar la memoria de algunas figuras literarias a las que la Guerra Civil u otras tristes vicisitudes apartaron de nosotros, para que no caigan en el negro olvido, al que tan proclives somos por estos pagos. Así, y no hace muchos años, la vallisoletana Ámbito editó una selección de la obra periodística del escritor Cesar M[uñoz] Arconada (Astudillo, Palencia, 1898; Moscú, 1964) (*), edición en que también se incluyen algunas de sus primeras muestras poéticas, publicadas en Diario Palentino, o “Dancing”, interesantísimo poema que vio la luz en Parábola, revista vanguardista castellana; y todos ellos anteriores a Urbe (Málaga, Sur, 1928), su primer poemario, próximo al surrealismo, al que siguieron Vivimos en una noche oscura (1936), Romances de la guerra (1937) y Dolores (1945), escrito ya en su exilio moscovita.
En el citado periódico de Palencia, el 16 de octubre de 1920, y bajo el epígrafe “Poesías de amor”, aparecieron “Contrastes”, “Y te quiero olvidar...” y “Su paso”. El primer poema –tres serventesios endecasilábicos asonantados en los pares y los dos primeros rematados en un heptasílabo posee un inconfundible tono becqueriano, pues el yo poético, dirigiéndose a una amada esquiva, rememora su petición de amor y la respuesta negativa y sonriente de ella, en contraste con el sí que, posteriormente, otorga llorosa a un mentiroso arlequín; y, a manera de epifonema, remata con una sentencia en la que equipara mujer y misterio. El segundo poema, también de estructura tripartita y métrica semejante –aunque aquí el quiebro del heptasílabo se encuentra en el tercer verso-, presenta la imposibilidad del olvido tras un pasado de amor, en el presente del desamor y aun ante el sueño de un ya imposible futuro amoroso; y si en el “cuando” que abre cada estrofa nos parece oír el eco de algunas rimas becquerianas –la XXV (“Cuando en la noche te envuelven...”) o la XXVIII (“Cuando entre la sombra oscura...”)-, es, sobre todo, en el “¡pero no puedo!”, ritornelo con que remata las tres estrofas, en donde creemos estar ante una paráfrasis del “¡No pudo ser!” de la rotunda rima XLI.
El tercer poema, en cuartetas consonánticas octosilábicas, es ya “otra cosa”. Tras los cristales de su hogar, el yo poético contempla un melancólico paisaje urbano, otoñal y crepuscular, y se muestra atento a la presencia de la mujer. Tanto por el asunto de la “proximidad de la amada” y, sobre todo, por el final en que ELLA –con mayúsculas- se hace presente, este “Su paso” de Arconada recuerda aquel poema del intimista Eusebio Blasco, fechado en París, en enero de 1870, que comienzo: “Son las tres; va a venir; me ha prometido // pasar toda una tarde junto a mí...; // todo la espera..., el cuarto perfumado...” y remata: “Me late el corazón; ¿será que llega?... // La seda oigo crujir... // Ya resuenan sus pasos temerosos... // Se acerca... ¡Ya está aquí!”.
Cuatro meses después de estos poemas intimistas de tono postbecqueriano, publica Arconada un primer artículo sobre “El Ultraismo” (5-II-1921) –única tendencia vanguardista genuinamente española, promovida por Ramón Gómez de la Serna, Rafael Cansinos-Assens y Guillermo de la Torre-. En él confiesa paladinamente: “estoy de todo punto conforme con la esencia del credo ultraísta, aunque yo no me clasifico así porque no me gustan los determinativos ni encasillados. Es preciso convencer a la gente [de] que la mayor parte de todos los versos que hasta aquí se han escrito no son nada más que un revoltijo de tópicos y de lugares comunes muy sonorizados, pero con un sonido muy de hojarasca”; y, en consecuencia, promete a sus lectores que en la próxima colaboración publicará unos poemas de corte ultraísta.
En efecto, el 9 de febrero y dedicadas a sus amigos poetas palentinos, ven la luz “tres composiciones ultraístas, entresacadas de un libro de poemas que preparo”, no obstante lo cual, no fueron recogidas en Urbe ni en poemarios posteriores. En “Desencanto”, “Amplitud” y “Dos palabras”, Arconada quiebra y disloca versos y ritmo, y trata de alejarse de manidas expresiones amorosas; pero se le escapan, por aquí y por allá, rimas descontroladas y el léxico y las imágenes siguen siendo tópicas y convencionales. Todavía el 6 de octubre y bajo el epígrafe “Sed”, publica otros dos poemas de intención semejante, “Triunfo” y “Voluntad”, que adolecen de lo mismo y, a mi entender, aún con menor acierto poético.
Sin embargo, tras estos intentos vanguardistas, el 3 de noviembre del mismo año y con el título “Tres fases”, aparece un poema, en serventesios decasilábicos,’ ’inconfundiblemente modernista; pero no a la luminosa manera rubendariana, sino próximo al blando “neorromanticismo” de Villaespesa o de ciertos poemas de Benavente. A la hora del crepúsculo y en un jardín con sus inevitables fuentes y frondas de Watteau, una pareja de amantes se dicen frases musicales, cantinela y madrigales: es el amor; luego, marchan unidos y encendidos por el deseo: un Orfeo que ¡ay! “canta canciones de podredumbre”; así que ya no hay “encuentro en la tercera fase”, porque roto el “epitalamio breve y risueño”, se ha producido el definitivo alejamiento. El “romántico vergel florido” es ahora un solitario jardín umbrío valleinclaniano: ha triunfado el Hastío.
Habrá que esperar algún tiempo hasta que la voz de Arconada se muestre madura y en línea con tonos y asuntos de las “vanguardias poéticas”, que cantaron elementos y actividades inconfundiblemente modernos como, por ejemplo, las máquinas y las fábricas, el telégrafo y el teléfono, el automóvil y el aeroplano, la fotografía y el cine, el deporte o el baile “siglo XX” –así, José Moreno Villa, en “Bailaré con Jacinta la Pelirroja” (1929), o Vicente Aleixandre, en “El vals” (1930)-. En “Dancing”, que desde el anglicismo del título anuncia su afinidad con el vanguardismo, exalta Arconada la alegría ruidosa y frenética de una sala de baile popular y multitudinaria en una fría tarde de domingo: “Y todas las máquinas estarán dormidas en su domingo de anclaje. // Pero nosotros estamos ahora desvividos en fanales de música”. El ambiente es un pandemonium de ruido y bullicio, de risas y música, de movilidad tumultuosa –“Agitación. Saltos. Alegría. // Flexiones y vuelos”- en que se agitan, pululan y palpitan “cabelleras rubias oxigenadas de melodías”, y la bella y el bailarín, la rubia y el amante, la joven y el burgués, mecanógrafas y costureras y el propio yo poético, en torno de “mesas habitadas por tribus de cristalería”, bajo la lluvia del tango y las “luces veladas”...
El “dancing” resulta ser, pues, un nuevo “locus amoenus”, un moderno paisaje idílico o un frenético paraíso artificial en que los amantes se encuentran y chocan arrebatados por los ritmos obsesivos y excitantes de la música moderna: “Mi frente en tu frente. Tu cuerpo en mi cuerpo. Uno en otro // dentro de la concavidad de los ritmos. // El baile nos centra en su eje de alas azules”. Sin embargo, la tarde de domingo es sólo un “impasse” reglamentado, porque el trabajo espera, agazapado, concediendo apenas una breve tregua... Aunque ahora tiene todos “en acción los émbolos del baile”, “mañana // las mecanógrafas tendrán tinta de ojeras para las cintas de sus máquinas... // Y luego, // las costureras tendrán hilos de amor para coser sus sueños. // Y esta noche // todo dormirá –por fin- su ritmo de orden.”
(*) De Astudillo a Moscú. Obra periodística. Estudio preliminar de Christopher H. Cobb. Valladolid, Ámbito, 1986. Ya en 1978, Akal, de Madrid, reeditó la novela Río Tajo (1938) que fue Premio Nacional de Literatura. La obra de Arconada ha sido el objeto de la tesis de doctorado de José A. Guerrero (Universidad de Málaga)
Por Paz Díez-Taboada
Hace algún tiempo que, en el mundillo literario, hay un cierto afán por recuperar la memoria de algunas figuras literarias a las que la Guerra Civil u otras tristes vicisitudes apartaron de nosotros, para que no caigan en el negro olvido, al que tan proclives somos por estos pagos. Así, y no hace muchos años, la vallisoletana Ámbito editó una selección de la obra periodística del escritor Cesar M[uñoz] Arconada (Astudillo, Palencia, 1898; Moscú, 1964) (*), edición en que también se incluyen algunas de sus primeras muestras poéticas, publicadas en Diario Palentino, o “Dancing”, interesantísimo poema que vio la luz en Parábola, revista vanguardista castellana; y todos ellos anteriores a Urbe (Málaga, Sur, 1928), su primer poemario, próximo al surrealismo, al que siguieron Vivimos en una noche oscura (1936), Romances de la guerra (1937) y Dolores (1945), escrito ya en su exilio moscovita.
En el citado periódico de Palencia, el 16 de octubre de 1920, y bajo el epígrafe “Poesías de amor”, aparecieron “Contrastes”, “Y te quiero olvidar...” y “Su paso”. El primer poema –tres serventesios endecasilábicos asonantados en los pares y los dos primeros rematados en un heptasílabo posee un inconfundible tono becqueriano, pues el yo poético, dirigiéndose a una amada esquiva, rememora su petición de amor y la respuesta negativa y sonriente de ella, en contraste con el sí que, posteriormente, otorga llorosa a un mentiroso arlequín; y, a manera de epifonema, remata con una sentencia en la que equipara mujer y misterio. El segundo poema, también de estructura tripartita y métrica semejante –aunque aquí el quiebro del heptasílabo se encuentra en el tercer verso-, presenta la imposibilidad del olvido tras un pasado de amor, en el presente del desamor y aun ante el sueño de un ya imposible futuro amoroso; y si en el “cuando” que abre cada estrofa nos parece oír el eco de algunas rimas becquerianas –la XXV (“Cuando en la noche te envuelven...”) o la XXVIII (“Cuando entre la sombra oscura...”)-, es, sobre todo, en el “¡pero no puedo!”, ritornelo con que remata las tres estrofas, en donde creemos estar ante una paráfrasis del “¡No pudo ser!” de la rotunda rima XLI.
El tercer poema, en cuartetas consonánticas octosilábicas, es ya “otra cosa”. Tras los cristales de su hogar, el yo poético contempla un melancólico paisaje urbano, otoñal y crepuscular, y se muestra atento a la presencia de la mujer. Tanto por el asunto de la “proximidad de la amada” y, sobre todo, por el final en que ELLA –con mayúsculas- se hace presente, este “Su paso” de Arconada recuerda aquel poema del intimista Eusebio Blasco, fechado en París, en enero de 1870, que comienzo: “Son las tres; va a venir; me ha prometido // pasar toda una tarde junto a mí...; // todo la espera..., el cuarto perfumado...” y remata: “Me late el corazón; ¿será que llega?... // La seda oigo crujir... // Ya resuenan sus pasos temerosos... // Se acerca... ¡Ya está aquí!”.
Cuatro meses después de estos poemas intimistas de tono postbecqueriano, publica Arconada un primer artículo sobre “El Ultraismo” (5-II-1921) –única tendencia vanguardista genuinamente española, promovida por Ramón Gómez de la Serna, Rafael Cansinos-Assens y Guillermo de la Torre-. En él confiesa paladinamente: “estoy de todo punto conforme con la esencia del credo ultraísta, aunque yo no me clasifico así porque no me gustan los determinativos ni encasillados. Es preciso convencer a la gente [de] que la mayor parte de todos los versos que hasta aquí se han escrito no son nada más que un revoltijo de tópicos y de lugares comunes muy sonorizados, pero con un sonido muy de hojarasca”; y, en consecuencia, promete a sus lectores que en la próxima colaboración publicará unos poemas de corte ultraísta.
En efecto, el 9 de febrero y dedicadas a sus amigos poetas palentinos, ven la luz “tres composiciones ultraístas, entresacadas de un libro de poemas que preparo”, no obstante lo cual, no fueron recogidas en Urbe ni en poemarios posteriores. En “Desencanto”, “Amplitud” y “Dos palabras”, Arconada quiebra y disloca versos y ritmo, y trata de alejarse de manidas expresiones amorosas; pero se le escapan, por aquí y por allá, rimas descontroladas y el léxico y las imágenes siguen siendo tópicas y convencionales. Todavía el 6 de octubre y bajo el epígrafe “Sed”, publica otros dos poemas de intención semejante, “Triunfo” y “Voluntad”, que adolecen de lo mismo y, a mi entender, aún con menor acierto poético.
Sin embargo, tras estos intentos vanguardistas, el 3 de noviembre del mismo año y con el título “Tres fases”, aparece un poema, en serventesios decasilábicos,’ ’inconfundiblemente modernista; pero no a la luminosa manera rubendariana, sino próximo al blando “neorromanticismo” de Villaespesa o de ciertos poemas de Benavente. A la hora del crepúsculo y en un jardín con sus inevitables fuentes y frondas de Watteau, una pareja de amantes se dicen frases musicales, cantinela y madrigales: es el amor; luego, marchan unidos y encendidos por el deseo: un Orfeo que ¡ay! “canta canciones de podredumbre”; así que ya no hay “encuentro en la tercera fase”, porque roto el “epitalamio breve y risueño”, se ha producido el definitivo alejamiento. El “romántico vergel florido” es ahora un solitario jardín umbrío valleinclaniano: ha triunfado el Hastío.
Habrá que esperar algún tiempo hasta que la voz de Arconada se muestre madura y en línea con tonos y asuntos de las “vanguardias poéticas”, que cantaron elementos y actividades inconfundiblemente modernos como, por ejemplo, las máquinas y las fábricas, el telégrafo y el teléfono, el automóvil y el aeroplano, la fotografía y el cine, el deporte o el baile “siglo XX” –así, José Moreno Villa, en “Bailaré con Jacinta la Pelirroja” (1929), o Vicente Aleixandre, en “El vals” (1930)-. En “Dancing”, que desde el anglicismo del título anuncia su afinidad con el vanguardismo, exalta Arconada la alegría ruidosa y frenética de una sala de baile popular y multitudinaria en una fría tarde de domingo: “Y todas las máquinas estarán dormidas en su domingo de anclaje. // Pero nosotros estamos ahora desvividos en fanales de música”. El ambiente es un pandemonium de ruido y bullicio, de risas y música, de movilidad tumultuosa –“Agitación. Saltos. Alegría. // Flexiones y vuelos”- en que se agitan, pululan y palpitan “cabelleras rubias oxigenadas de melodías”, y la bella y el bailarín, la rubia y el amante, la joven y el burgués, mecanógrafas y costureras y el propio yo poético, en torno de “mesas habitadas por tribus de cristalería”, bajo la lluvia del tango y las “luces veladas”...
El “dancing” resulta ser, pues, un nuevo “locus amoenus”, un moderno paisaje idílico o un frenético paraíso artificial en que los amantes se encuentran y chocan arrebatados por los ritmos obsesivos y excitantes de la música moderna: “Mi frente en tu frente. Tu cuerpo en mi cuerpo. Uno en otro // dentro de la concavidad de los ritmos. // El baile nos centra en su eje de alas azules”. Sin embargo, la tarde de domingo es sólo un “impasse” reglamentado, porque el trabajo espera, agazapado, concediendo apenas una breve tregua... Aunque ahora tiene todos “en acción los émbolos del baile”, “mañana // las mecanógrafas tendrán tinta de ojeras para las cintas de sus máquinas... // Y luego, // las costureras tendrán hilos de amor para coser sus sueños. // Y esta noche // todo dormirá –por fin- su ritmo de orden.”
(*) De Astudillo a Moscú. Obra periodística. Estudio preliminar de Christopher H. Cobb. Valladolid, Ámbito, 1986. Ya en 1978, Akal, de Madrid, reeditó la novela Río Tajo (1938) que fue Premio Nacional de Literatura. La obra de Arconada ha sido el objeto de la tesis de doctorado de José A. Guerrero (Universidad de Málaga)
EN 'CAMINAR CONOCIENDO' PÁGINAS 14 y 15
Eusebio García Luengo: 3 FARSAS PARA TÍTERES
“TRES FARSAS PARA TÍTERES”
Madrid: Ediciones Izquierda, 1936
(Nueva Cultura, número 13, julio de 1936)
Hay escritores que van a redropelo de la historia. Otros que la siguen o acompañan. También quien la alumbra. De los últimos es Arconada, al que habrá que recurrir cuando de estudiar nuestro tiempo se trate, pues lo va historiando literariamente.
Ya se sabe que la viabilidad de la obra, su dinámica, se da proporcional a lo que refleje y transforme la vida de su tiempo. En este sentido funcional la literatura de Arconada es de las de más claro impulso.
Las últimas obras de Arconada componen en verdad un ciclo que, por gala de variedad en el autor, toca distintos géneros. También podría decirse que es una única gran obra, primero hecha novela, después poesía, más tarde teatro...
O sea, Arconada va alumbrando la historia y la literatura –tanto vale- de su época en el doble aspecto: en cuanto a tema y en cuanto a género.
En efecto, llega la revolución republicana y su fracaso revolucionario, y Arconada escribe “Los pobres contra los ricos”. Replica también a los que andaban enredados en buscar “lo nuevo”. Continúa con “Reparto de tierras”, cuando la historia madura de modo que el tema, que se ve que Arconada no es sino ese cosechero literario que siembra su mirada y su sensibilidad en su tiempo y en su tierra y recoge lo más ingente, lo más granado y fecundo...
Del mismo modo comienza la poesía revolucionaria a dar quehacer a poetas y críticos. Y Arconada publica “Vivimos en una noche oscura”, que, por una parte, trasplanta un enorme motivo cernido sobre nuestras vidas y, por la otra, muestra una manera poética revolucionaria. Por último, cuando a todos nos hostiga la urgencia de un teatro revolucionario, Arconada nos da “Tres farsas para títeres” que, como él dice, puede ser también para hombres.
¿Son obras distintas –imposible averiguar hasta cuando una obra contiene esencia independiente- o pertenece al mismo cielo interpretado de todos los modos para completarle? Ambas cosas. Son distintas caras de la misma gran obra de su tiempo. Distintas expresiones de la misma gran expresión del primer estado social. Distintas voces del mismo gran cuerpo popular.
De su último angustioso esfuerzo para reivindicar al subhombre, Arconada parece querer descansar y hacer unas desaforadas volteretas con sus criaturas. Ya es hora que riamos un poco, parece decir. Que si hay mucho triste, también hay mucho grotesco. Lo grotesco candoroso, llamaríamos a esas farsas. Arconada hace siempre el gran arte simple. Puede contraponerse acaso –no creo que esté en la preceptiva- con otro gran arte complejo, Dostoievski, por ejemplo. Valle-Inclán puede ejemplarizar el simple, el más español y más apto, claro, para expresar el primer estrato rural y los grandes movimientos históricos, y más si éstos son revolucionarios, como en Arconada...
Eusebio García Luengo
APARECIDO EN 'CAMINAR CONOCIENDO' PÁGINA 16, Nº 9
Madrid: Ediciones Izquierda, 1936
(Nueva Cultura, número 13, julio de 1936)
Hay escritores que van a redropelo de la historia. Otros que la siguen o acompañan. También quien la alumbra. De los últimos es Arconada, al que habrá que recurrir cuando de estudiar nuestro tiempo se trate, pues lo va historiando literariamente.
Ya se sabe que la viabilidad de la obra, su dinámica, se da proporcional a lo que refleje y transforme la vida de su tiempo. En este sentido funcional la literatura de Arconada es de las de más claro impulso.
Las últimas obras de Arconada componen en verdad un ciclo que, por gala de variedad en el autor, toca distintos géneros. También podría decirse que es una única gran obra, primero hecha novela, después poesía, más tarde teatro...
O sea, Arconada va alumbrando la historia y la literatura –tanto vale- de su época en el doble aspecto: en cuanto a tema y en cuanto a género.
En efecto, llega la revolución republicana y su fracaso revolucionario, y Arconada escribe “Los pobres contra los ricos”. Replica también a los que andaban enredados en buscar “lo nuevo”. Continúa con “Reparto de tierras”, cuando la historia madura de modo que el tema, que se ve que Arconada no es sino ese cosechero literario que siembra su mirada y su sensibilidad en su tiempo y en su tierra y recoge lo más ingente, lo más granado y fecundo...
Del mismo modo comienza la poesía revolucionaria a dar quehacer a poetas y críticos. Y Arconada publica “Vivimos en una noche oscura”, que, por una parte, trasplanta un enorme motivo cernido sobre nuestras vidas y, por la otra, muestra una manera poética revolucionaria. Por último, cuando a todos nos hostiga la urgencia de un teatro revolucionario, Arconada nos da “Tres farsas para títeres” que, como él dice, puede ser también para hombres.
¿Son obras distintas –imposible averiguar hasta cuando una obra contiene esencia independiente- o pertenece al mismo cielo interpretado de todos los modos para completarle? Ambas cosas. Son distintas caras de la misma gran obra de su tiempo. Distintas expresiones de la misma gran expresión del primer estado social. Distintas voces del mismo gran cuerpo popular.
De su último angustioso esfuerzo para reivindicar al subhombre, Arconada parece querer descansar y hacer unas desaforadas volteretas con sus criaturas. Ya es hora que riamos un poco, parece decir. Que si hay mucho triste, también hay mucho grotesco. Lo grotesco candoroso, llamaríamos a esas farsas. Arconada hace siempre el gran arte simple. Puede contraponerse acaso –no creo que esté en la preceptiva- con otro gran arte complejo, Dostoievski, por ejemplo. Valle-Inclán puede ejemplarizar el simple, el más español y más apto, claro, para expresar el primer estrato rural y los grandes movimientos históricos, y más si éstos son revolucionarios, como en Arconada...
Eusebio García Luengo
APARECIDO EN 'CAMINAR CONOCIENDO' PÁGINA 16, Nº 9
Jacinto Barrio: ROJOS ATARDECERES TRAS LAS MONTAÑAS DEL OESTE
ROJOS ATARDECERES
Por Jacinto Barrio
A pesar de los muchos años transcurridos tengo vivo aún el recuerdo de Arconada y conservo una fotografía(1): estamos el arquitecto Luis Lacasa, Soledad Sancha, su esposa; el matrimonio chileno Venturelli, César M. Arconada y un servidor.
Llegó a Pekín en 1956 por un periodo de cuatro meses. Fue el primero de los invitados por Luis Lacasa a visitar la capital china. Supongo que la invitación fue cursada por la Asociación de escritores de la URSS. Lacasa, que fue el arquitecto que construyó la Ciudad Universitaria, conocía a fondo a Arconada con anterioridad a la Guerra Civil. Eran amigos y compañeros de brega en las contiendas en pro de la República. Tanto el uno como el otro tenían de común su valía y su modestia. Lacasa era el máximo representante del Partido Comunista de España en la República Popular China, y como tal muy bien considerado en los medios del Partido Comunista de China. Más adelante serían invitados María Teresa León y Rafael Alberti y otros exiliados españoles.
Había nacido en 1898 en Astudillo –Palencia- villa en la que la historia dejó huella. En ella recibió María Pacheco de Padilla la noticia de la derrota de su marido Juan Padilla, al que degollarían el 23 de abril 1521 en Villalar. Ella se hizo fuerte en Toledo.
Con el tiempo, César Arconada se convertiría en la figura más destacada de la intelectualidad literaria española en los años treinta: fue crítico musical y cinematográfico; autor de uno de los primeros análisis del compositor Debussy; escribió novelas como “La turbina” (1930), “Los pobres contra los ricos” (1933), “Reparto de tierras” (1934), en las cuales queda reflejada la aldea española en el periodo de auge revolucionario del campesinado español; autor teatral; militante revolucionario desde 1931; durante la revolución de octubre de 1934, corresponsal en Asturias; y en 1938 recibió el Premio Nacional de Literatura por la novela Río Tajo.
En 1939 se exilió a la Unión Soviética. Fue director de la edición española de “Literatura Soviética” en la que publicaba numerosos artículos y poesías y estaba vinculado también a la Editorial “Progress” de Lenguas Extranjeras. Eran las fuentes de sus emolumentos, que le permitían vivir con cierta holgura, dentro de las limitaciones existentes en aquel país. Escribió un drama teatral de poco relieve “Manuela Sánchez” (que se puso en escena en algún teatro y trasmitida en fragmentos por Radio Moscú y por la emisora Radio España Independiente, en el periodo moscovita de la misma) y “España invencible”; pero paulatinamente su actividad creadora casi se extingue.
Me pregunta el director de Caminar conociendo si esta casi extinción se debió al desaliento o a divergencias ideológicas. No lo sé... Puedo imaginarme que, como a la gran mayoría de emigrados en la Unión Soviética, al primer periodo de entusiasmo, seguiría, en su interior, una etapa de desencanto del socialismo en construcción, lejano de la idea que nos habíamos hecho de la propaganda de la revista “La URSS en Construcción”, pero no lo sé, no lo conocía tanto... Aunque yo me inclino a que el desánimo de César M. Arconada pudo obedecer más a causas físicas, al cansancio por un trabajo agotador, su poco contacto con la naturaleza y falta de ejercicio físico, más que ha discrepancias ideológicas. Era lo suficientemente inteligente como para comprender las nefastas consecuencias que ello podía acarrearle. Y en cuanto a los desacuerdos internos con la política del P.C. de España... no le conocí, como tal, en el seno de las divisiones que se produjeron en la emigración.
La Enciclopedia Soviética recoge una notable reseña de la actividad y la vida del escritor. Señala que en la creación de Arconada ejercieron gran influencia los escritores soviéticos Máximo Gorki, Kostantin Fedin, y otros. Tradujo, junto con F. Khelin al español la obra “Canción a las huestes de Igor”, una serie de poemas de Pushkin, Lérmontov, Nekrasov. También lo hizo con muchos poemas de soviéticos contemporáneos(2).
Casó con la exiliada balear María Cánovas, que era bastante más joven él. María, cuando llegamos a la Unión Soviética en 1939, era casi una niña, de extraordinaria belleza, natural de Baleares, y de habla bilingüe; estuvo casada con un español y tenía un hijo del que no tuve más referencia; dominaba el ruso y era aficionada a la poesía; pintiparada para un hombre como César y en la que tuvo una inteligente colaboradora. Renacen en él facetas de su actividad artística creadora de otros tiempos; vuelve a escribir críticas de teatro; y pone en escena, en el teatro “Romen”, “La Gitanilla” de Cervantes, “La zapatera prodigiosa” de Federico García Lorca.
Tuve la satisfacción de acompañar a César Arconada, en visita a lugares notables de la capital china. Y le llamó poderosamente la atención, al atardecer, las puestas de sol tras las montañas del oeste (3). Y ese sol rojo, incandescente, nos hizo recordar a ambos las puestas de sol tras las montañas de Gredos. Y le recordé que eran las famosas puestas de sol del paralelo 40; paralelo que pasa por Pekín (3), y también muy cerca Madrid, al sur, por Aranjuez. Surgió de su mente un hermoso poema: “El 40 Paralelo, de Pekín a Madrid”. Siento no haberlo encontrado en esta ocasión.
El poema fue transmitido desde Radio Pekín en numerosas ocasiones. Años después, a nuestro regreso a Moscú, llevé un regalo de artesanía china para el autor del “40 Paralelo”. Era un escritorio de la llamada “piedra jabonosa” china, para que siguiera escribiendo, y mojando en él su pluma, a modo de pincel. Era mi ofrenda en acción de gracias por su mensaje de amor a Madrid.
Fue muy de su agrado y lo demostró con cálidas palabras.
Recuerdo que estaba presente una de las mejores colaboradoras de Muñoz Arconada, Pepita Ganivet..., ¡ah, qué recuerdos!... Era sobrina carnal del escritor y diplomático granadino Ángel Ganivet, de la generación del 98. Se llamaba Josefa López Ganivet, pero el apellido “López” fue descabalgado por el empuje del otro ilustre apellido “Ganivet”. Era hermana, por tanto, de Isabel y de Francisco Ganivet, este último, uno de los jefes militares que tuvo el 5º Regimiento. Maestra Nacional, gran conocedora del castellano, redactora de la Editorial “Progress”... Bueno, pues a Pepita Ganivet -como la conocíamos en Moscú- le pareció regalo excesivo por mi parte.
--“No tienes razón –objeté- Arconada es admirado por toda la emigración española en la U.R.S.S. No sólo por su talento literario y artístico, sino por su modestia y sencillez, por su grandeza humana”.
Murió en Moscú, en la primavera de 1964.
Fue un pedazo de España que se nos fue.
En 1949 Arconada pulsó la cuerda de sus versos, con motivo de una enfermedad muy grave de Pasionaria, saturados de nostalgia patria, de los que extraigo algunos versos:

¡Vive Dolores!
¡Qué dolor, aquel día, camaradas,
qué sobresalto ahogaba los latidos,
qué nube empañó las alegrías cuando dijeron:
está nuestra Dolores en peligro!
.......................................
... a la orilla del Tajo, un ruiseñor
expresaba su pena en dulces trinos
y en Aragón, bajo la mirada,
por no mirar, un viejo campesino,
y en Bilbao, un obrero junto al yunque,
su angustia repicaba en el martillo,
y en cualquier fría sierra de Castilla,
en el regazo de la madre, un niño,
pedía que le hablaran de Dolores,
porque ella era canción en sus oídos...”
¡Qué dolor por los valles y los montes,
qué dolor por valles y caminos
qué dolor por los viejos olivares
qué trémulo dolor llevan los ríos...!
Todavía recuerda una anciana exiliada, Pepita, viuda del escritor valenciano exiliado, José Santacreux, la visita que hicieron a César Arconada enfermo en un sanatorio de Moscú. Sabedor de que ellos eran de aquella tierra, tuvo la gentileza de dedicarles un verso que llevaba por título: “Naranja de Gandía” que posiblemente fuera el último que salió de su pluma.
NOTAS: (1) La fotografía muestra la visita a una exposición en Pekín de Luis Lacasa, Soledad Sancha, el matrimonio Venturelli, César Muñoz Arconada y Jacinto Barrio.
(2) Según una fuente muy autorizada, como Soledad Sancha, “a Arconada no le quisieron publicar su volumen de poesías porque no había escrito nada sobre la Unión Soviética.”
(3) Puesta de sol en el Paralelo 40 pekinés. Vista tomada desde el hogar, en Pekín, de Luis Lacasa.
TOMADO DE LAS PÁGINAS 17 y 18 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', Nº 9
Eusebio García Luengo: César M. Arconada, UN NOVELISTA SOCIAL

UN NOVELISTA SOCIAL
Por Eusebio García Luengo*
La gente no se ha enterado de que se ha escrito “Los pobres contra los ricos”. Hablo del “vulgo docto”, que administra las reputaciones. Amén de los amigos literarios, quienes conocen la novela de Arconada, son algunos obreros anónimos, que han ido tragándose, royendo, alimentándose de las raíces españolas que se entrelazan en el recio lienzo novelesco. Hay una critica de lotería que siempre toca, de tono periodístico, ligero, afable, que no ha rozado siquiera la medula de la novela. También otra glosa, ya no de mera información y noticia, sino con empaque de ensayo profundo, discernimientos encopetados, eufémicos, de sumarísimas ironías a lo Jarnés o Díez-Canedo, de alusiones y referencias, de “esto nos trae a las mientes”... y de “Aristóteles nos dice a este tenor”... Critica en que los temas se deslizan de uno en otro, y todo queda desvaído.
Cuando se tilda de sectaria a una obra
suele ser porque rompe lo estatuido,
donde todo hombre se siente ya estrecho.
En uno de estos comentarios -de E. Azcoaga-, se ha dicho que “Los pobres contra los ricos” es sectaria. ¿Qué querrá decir esto? ¿Qué significa, sobre todo en su tono peyorativo? ¿Es que el crítico que pega desenfadadamente el marbete reprochador es un ente superior a todas las cosas, por encima del mal y del bien? ¿Es que él, como cada quisque, puede sustraerse a la secta, al partido en su más amplia acepción, a la clase, al régimen, a la historia?...
Cuando se tilda de sectaria a una obra suele ser porque rompe lo estatuido, donde todo hombre se siente ya estrecho. Porque arremete contra lo establecido con miras a un orden nuevo que irrumpe por los puntos de la pluma. Pero ello no significa que quien esté acomodado y bien hallado en el sistema inerte no sea sectario. ¿Qué hace, pues, sino aceptarle y defenderle, por tanto, sintiéndose holgado y contento, asimilando y reflejando su mundo?...
Abunda un error según el cual se interpreta la defensa tácita de un sistema como imparcialidad, y, por el contrario, como sectarismo, la manifiesta incorporación a una trayectoria histórica. De suerte que se oye decir a menudo: No quiero política, sino buen teatro o buen arte. En tal respecto, quien asiste a una representación de los Quintero, o de cualquier otro malhechor escénico, sale complacido de no ver política, como si toda esa humanidad, ese orbe moral, consuetudinario e ideológico no constituyera la proclamación y exaltación más sectaria de una política, que abarca todo el mundo de la historia, la ley, la economía etc. Pero no es esta coyuntura de tales dilucidaciones. Importa otra aclaración concerniente a la adjetivación y encasillamiento de “social” que adquiere, a las veces, carácter de remoquete. Se califica de social una novela que recoge, naturalmente, el hecho social, el fenómeno más considerable de cuantos afectan a la vida de los hombres y de las ideas. Mas se quiere distinguir con ello otra clase de novelas de un presunto apartamiento e independencia del acaecer social, como si cada novela, sea cual fuere, no implicara contenido, extracción y consecuencia sociales, su “ser”, ni más ni menos. “Los pobres contra los ricos” es una novela. Pura y simplemente. Toda una novela y nada menos que una novela. ¿Qué precisa como tal? ¿Lirismo, caracteres, humanidad, tipología, conflictos, pasión, pensamiento, ímpetu y amplitud vitales... ? Todo nos aturdirá en “Los pobres contra los ricos” que es un orbe cerrado, un mundo sistemáticamente novelesco, un orden de arte, un principio y un fin, el fin y el principio que puede tener la vida acotada en sus más agudas, trágicas y significativas manifestaciones.
¡Qué exacto título “Los pobres contra los ricos” ! Buen pregón, grito de extensas resonancias, proclama de esferas cósmicas casi. Realmente, no hay más que pobres
y ricos. No hay ni buenos y malos, ni conservadores y revolucionarios, ni religiosos y ateos, ni negros y blancos. Sólo pobres y ricos. Lo sabemos bien los que hemos mamado jugos y savia de la verdad humana de los campos. En las sociedades primarias de los pueblos se sabe bien. La diferencia es trágicamente irremisible. En las ciudades modernas el dinero se mueve y el ritmo de vida da, a veces, una apariencia niveladora. En las aldeas los niños de Tena lo aprenden para toda la vida, y la riqueza y la pobreza siguen siendo referencia primordial. Arconada lo ha revelado magistralmente en el área novelesca.
Algún crítico ha encontrado “feo”
el profundo título de Arconada.
Añoraba seguramente los rótulos
metafóricos o de arcanas trasposiciones
Algún crítico ha encontrado “feo” el profundo título de Arconada. Añoraba seguramente los rótulos metafóricos o de arcanas trasposiciones. Otro crítico dice: “Su pauta la forman los días del cambio de régimen en un pueblecillo cualquiera, con botica, ayuntamiento, soleada plaza mayor... Pero es igual. Lo mismo podía haber elegido, cualquier otro hondo motivo. Porque aquí la novela es un pretexto para decir todas las cosas que el autor lleva dentro... Y siendo así, ¿cómo va a ser un pretexto el núcleo de la novela, lo que es en sí, su “hondo motivo?” Fijémonos: motivo hondo, sin el cual no existiría Arconada como tal novelista que nos ocupa; hondo motivo que es toda su razón de ser, ser y razón fundamentales. Si una época literarias se caracteriza por su unidad de temas, por su espíritu armónico de época, por su sistema global de conceptos, por su homogénea voluntad e impulsos creadores, no puede ser lo de menos el asunto en sí. ¿Es posible un asunto sin que su elección resalte la dirección vital del escritor? Hemos de entender, claro, por asunto, no la sucesión de hechos vacíos, sucia espuma; no “lo que pasa”, sino el nervio y hueso de la obra, su armazón interna y sustancia, su honda causalidad y motivación...
El arte posee –ya se sabe- pocos grandes asuntos. La novela, menos. Podría decirse, verbigracia: que el asunto de la novela es el hombre, la vida. Y dentro de ella cabe todo. Pero si vamos parcelando, reduciendo el enfoque, hallamos que una frase del personaje, una sensación, un atisbo, un destello, son tan asunto como el esquema de acontecimientos, anecdótico, de peripecias.
“Los hechos son como sacos. Si están vacíos no se tiene en pie”, dice Pirandello. El asunto, naturalmente, no son los sacos, sino el relleno. O sea, partículas vitales que le confieren valor permanente como en “Los pobres contra los ricos”.
Si Arconada escribe “La turbina” o “Reparto de tierras” no es porque el asunto se le haya deparado ahí en cualquier esquina.
Toda en la vida y en la novela es el asunto del escritor, el que lleva cada escritor dentro, su temperamento, su personalidad, el mundo y el material de cada escritor. Por que todo es asunto y el asunto es el hombre.
Arconada principia sus capítulos con morosa, gustosa delectación de escritor y descriptor. No llama guarro al sargento, pero el lector siente la náusea. En esto es de un realismo implacable que se enraíza con nuestra más pujante tradición literaria. Sigue las andanzas del palillo del sargento, quien no precisa de más para quedar definitivamente retratado. Acaso parezca excesivo regodeo en la inmundicia; es acierto de tono. Ritmo de prosa lento, a compás con las horas desmesuradas del reloj del cuartel. E inmersión de gran pintor naturalista e impresionista, al par, en la atmósfera viscosa que respira el sargento. Todo el detalle triste, lo que nos liga a la materia diaria de que nos servimos, se transplanta por Arconada. Las de pan, las manchas de grasa, los más humildes enseres caseros, los instrumentos en que fatalmente se apoya la vida del hombre, descuellan en la narración subrayando su profundo sentido de eternos compañeros del hombre... Es particular el gusto de Arconada por la descripción de los lugares como pajares, doblados, paneras, en consonancia, claro, con la humanidad que puebla su novela. ¡Cómo canta sin embargo en contraste; mejor dicho, como complemento de un novelista que persigue e incorpora un aire de cabal curso, las auroras, los días primaverales, los corazones adolescentes, la risa del pobre... ¡
Ser revolucionario, como Arconada,
es manera de ser romántico y místico.
Ama y odia, y hace amar y odiar.
Probablemente Arconada comienza sus capítulos hablando de los pájaros, de la luz de la pantalla, de los gatos. Es una divagador, cronista, ensayista. O habla de los caminos largos, de los árboles, de los sueños de las Cenicientas, de las “rectas chimeneas, válvulas por donde escapa la pesadez sentimental de los hogares”. Es un poeta. O de la injusticia social, de la política, de la historia. Es un pensador. Y todo lo trata siempre en su nexo con el hombre. Y siempre –comentador, pensador, poeta- es un revolucionario. Qué fácil es ser revolucionario. ¿El joven es entrometido, audaz, pedante? Bien, se hace revolucionario. ¿El no tiene más quehacer que asistir al Ateneo y leer los periódicos? Se compra una corbata roja y se hace revolucionario. ¿No siente la pesadumbre de su destino, una ética, la consciencia de una responsabilidad y una doctrina? Se hace revolucionario. Pero, ¡qué difícil es ser revolucionario! Ser sencillamente revolucionario, sin pedantería, sin desdén, por naturaleza como si dijéramos, sin esfuerzo, sin estridencia. En cada capítulo, en cada palabra, ser revolucionario hondamente, íntegramente...
No sólo las partes del libro, sino los párrafos y aún las frases las construye Arconada reduciéndolos a unidad y sistema. En esto se aprecia que sabe de música: en la armonía. Compone piezas armónicas. Y emplea también el ritornelo musical, poético, dramático. El motivo se intercala, une principio y fin. Esto es de poeta. Se repite el pensamiento central en cuyo derredor giran las estrofas, los cantos de la prosa de Arconada. Una prosa poemática, transida de lirismo, con cadencia interna medida como un romance, exaltada y recia como un romance...
Todo lo construye Arconada
reduciéndolo a unidad y sistema.
En esto se aprecia que sabe
de música: en la armonía
También es de poeta la pintura del ambiente y del mundo total que se respira. La creación del poeta abarca un completo orbe novelesco. Hay novelistas psicólogos que atienden al curso de la peripecia interior. Y hay novelistas poetas que en el contar integran un sentido cósmico preciso a la novela. La potencia lírica de Arconada está siempre presente en “Los pobres contra los ricos”. La naturaleza, el paisaje enmarcan justamente la vida de los hombres.
Arconada aprovecha con mesura ejemplar los adelantos estilísticos, formales. Abunda en imágenes tan insólitas como exactas: “Gritaban los chicos como becerros antes de salir al campo”. “Años hermosos como un prado”. “Las calles estaban blancas como si por la noche hubiera pasado el carro del molino con los costales rotos”. “La murmuración es siempre redonda como una camilla de brasero. Todos gustan de sentarse alrededor”. “Un alba suave, salida de los regazos de cristal de esos arroyos donde nunca muere la luz, asomaba su pechuga de cisne”.
En cuanto a afinidades literarias, Arconada se nos muestra de difícil entronque. Tres sombras lejanas de influencias y próximas de contemporaneidad se proyectan acaso: Baroja, Azorín, Cansinos-Assen. Bien entendido que él mismo declara: “Me creo próximo a esos nuevos escritores que hay en todo el mundo que, frente al intelectualismo especulativo e inútil, ponen su inteligencia en las nobles causas de la humanidad. Frente a la torre de marfil, la calle. Frente a lo libresco, lo humano. Nadie debe vivir en las nubes y mucho menos el escritor que tiene una misión colectiva y educadora”.
En cuanto a afinidades literarias,
Arconada se muestra de difícil entronque.
Acaso tres sombras lejanas de influencias
y próximas de contemporaneidad:
Baroja, Azorín, Cansinos-Assens.
Acomete las escenas con el brío y la violencia de Baroja; únicamente esto, y que Baroja es, en la novelística actual, antecedente de lo que sea acritud y desgarro. Pero Baroja es deshilachado, caótico. El suyo es un arte de desfile, de pasaje, de esquina con vientos. Una tolvanera de tipos. Mientras que Arconada no abandona sus personajes, no los hace aparecer y desaparecer, sino que los sigue y recoge su último aliento. Remata la concepción novelesca que es un círculo y no una línea sin fin.
Mentamos a Azorín como semejante a Arconada en lentitud descriptiva y amor a las cosas. Empero, no liga nada al escritor convulso y tormentoso –con claridad clásica- al otro frío y pequeño filósofo. Arconada podría decir “hermana cosa” franciscanamente, como gran amador que es. Quizá el espíritu franciscano sea compatible con el marxismo. Pero esto es resbaladizo...
Arconada no segrega humor como los escritores catalogados y aferrados a la forzosa pirueta, paradoja o caricatura. Es humorista cuando sobriamente lo exige el tema, cuando surge del propio tipo que ironiza. Sus invectivas son tan certeras como feroces. Adecuado ’sarcasmo cuando dice: “Hacen abriguitos de punto para los niños pobres. Piadosos corazones de señoras cristianas”.
No podría omitirse alguna consideración sobre el genuino léxico de Arconada. No solo su manera de relacionar elementos literarios, sino el desnudo vocablo, su valoración de novelista. Escoge las palabras más plásticas. Todos los giros, refranes, expresiones típicas rurales de Extremadura y Castilla suenan en su prosa. Sonoridad rotunda, sabrosa, de palabra añeja. Es un lenguaje expresivo, clásico y moderno, siempre vivo y profundo, con sabor castizo a gañanía, a labranza, a era, con olor a mies y a pan caliente. Argot moderno también de esquina madrileña.
Hay novelas que necesitan terminar porque se ha cerrado el ciclo novelesco. Hay noveles que pueden continuar. “Los pobres contra los ricos” ha de acabar forzosamente agotada la significación exacta y suficiente. Pero puede recomenzar cualquier día como la vida misma, como la misma revolución. Es tan finita como el hombre y su lucha, y tan eterna como el hombre y su lucha. Aquí estriba su mérito. Si hay una épica moderna es la de Arconada, y si hay una epopeya moderna es la de “Reparto de tierras”. Los homeros glorificadores de gestas se encarnan ahora en los defensores de lo pobre. No hay otra gesta que la diaria, menuda e ingente del pobre contra el rico.
Excelsa propaganda de los pobres. Los clásicos del XVII hacían propaganda de la monarquía y la religión, y “Fuente Ovejuna”, por ejemplo, drama social revolucionario, termina sometiéndose al fallo de rey, porque el rey representaba entonces la satisfacción de los anhelos justicieros del pueblo. O sea, no hemos sido nunca literariamente clásicos, fríos y equilibrados, sino románticos. Ser revolucionario, como Arconada, es otra manera de ser romántico y místico. Ama y odia, y hace amar y odiar. Y no importa que topemos con el materialismo histórico.
“Los pobres contra los ricos” resalta las sarcásticas contradicciones de los tiempos. La República española –historia de las monsergas políticas- es elocuentísima en tales contrasentidos y mudanzas. En cierta clase de política, la menos conforme a la condición del hombre, el tópico arraiga como el terreno propio. Nada supera en efecto cómico a la lectura de un periódico panegirista del rey con motivo de su cumpleaños, por ejemplo. En este aspecto, monarquía y república son valores equivalentes.
La última escamoteó por arte de birlibirloque una revolución, etc. Sin más divagaciones nos importa apuntar que el curso del “cambiazo” dado al pueblo –lleno de martingalas y engañifas políticas, que serían graciosas si no fuera trágicas- forman la clara y tirante urdimbre de “Los pobres contra los ricos”, que tendrá durante muchos años vigencia de estallante verdad.
Quisiéramos en un rasgo presentar la humanidad de Arconada, su censo novelesco. Pero lo que precisa de 286 páginas no cabe aquí. Amancia, Fidel Arroyo, el sar
gento, su mujer, Cristina; la hija, el guardia Oliveros, Lillo, López, don Nazario, tipo de cristiano que reza a Dios mientras de verdad se encomienda a los fusiles de la guardia civil; Don Policarpo, el boticario (sátira de la vieja literatura; vieja por vacía, inconsistente y caduca, porque lo viejo no define biológicamente, éticamente); Guillermito, mariconcito al servicio de los jesuitas; Pili y el tío Ayuca como una isla, y sus hijos que van sintiendo en su carne, a balazos, la mentira de la democracia republicana y la necesidad de salir a una verdad inmediata y firme sin posible retroceso.
El final es tenso y abarca el redondel de la tierra. Ya el autor había dicho : “La muerte es triste; pero los geranios crecen sobre las panzas, y la juventud mantiene ilusiones. ¡A vivir!” Rotundo punto final de la muerte. Final y recomienzo. Se ha cerrado un ciclo siempre en principio. Murieron. Siempre mueren los hombres. A los muertos se les tapa con cemento de olvido. Son, sin embargo, muertes fecundas. No hay que olvidar a los muertos, lo que más fácilmente se olvida...
(*)El escritor Eusebio García Luengo
fue amigo de Arconada
Valencia: Nueva Cultura 6, agosto/septiembre, 1935
(Las cursivas y negritas las hemos puesto nosotros)
Por Eusebio García Luengo*
La gente no se ha enterado de que se ha escrito “Los pobres contra los ricos”. Hablo del “vulgo docto”, que administra las reputaciones. Amén de los amigos literarios, quienes conocen la novela de Arconada, son algunos obreros anónimos, que han ido tragándose, royendo, alimentándose de las raíces españolas que se entrelazan en el recio lienzo novelesco. Hay una critica de lotería que siempre toca, de tono periodístico, ligero, afable, que no ha rozado siquiera la medula de la novela. También otra glosa, ya no de mera información y noticia, sino con empaque de ensayo profundo, discernimientos encopetados, eufémicos, de sumarísimas ironías a lo Jarnés o Díez-Canedo, de alusiones y referencias, de “esto nos trae a las mientes”... y de “Aristóteles nos dice a este tenor”... Critica en que los temas se deslizan de uno en otro, y todo queda desvaído.
Cuando se tilda de sectaria a una obra
suele ser porque rompe lo estatuido,
donde todo hombre se siente ya estrecho.
En uno de estos comentarios -de E. Azcoaga-, se ha dicho que “Los pobres contra los ricos” es sectaria. ¿Qué querrá decir esto? ¿Qué significa, sobre todo en su tono peyorativo? ¿Es que el crítico que pega desenfadadamente el marbete reprochador es un ente superior a todas las cosas, por encima del mal y del bien? ¿Es que él, como cada quisque, puede sustraerse a la secta, al partido en su más amplia acepción, a la clase, al régimen, a la historia?...
Cuando se tilda de sectaria a una obra suele ser porque rompe lo estatuido, donde todo hombre se siente ya estrecho. Porque arremete contra lo establecido con miras a un orden nuevo que irrumpe por los puntos de la pluma. Pero ello no significa que quien esté acomodado y bien hallado en el sistema inerte no sea sectario. ¿Qué hace, pues, sino aceptarle y defenderle, por tanto, sintiéndose holgado y contento, asimilando y reflejando su mundo?...
Abunda un error según el cual se interpreta la defensa tácita de un sistema como imparcialidad, y, por el contrario, como sectarismo, la manifiesta incorporación a una trayectoria histórica. De suerte que se oye decir a menudo: No quiero política, sino buen teatro o buen arte. En tal respecto, quien asiste a una representación de los Quintero, o de cualquier otro malhechor escénico, sale complacido de no ver política, como si toda esa humanidad, ese orbe moral, consuetudinario e ideológico no constituyera la proclamación y exaltación más sectaria de una política, que abarca todo el mundo de la historia, la ley, la economía etc. Pero no es esta coyuntura de tales dilucidaciones. Importa otra aclaración concerniente a la adjetivación y encasillamiento de “social” que adquiere, a las veces, carácter de remoquete. Se califica de social una novela que recoge, naturalmente, el hecho social, el fenómeno más considerable de cuantos afectan a la vida de los hombres y de las ideas. Mas se quiere distinguir con ello otra clase de novelas de un presunto apartamiento e independencia del acaecer social, como si cada novela, sea cual fuere, no implicara contenido, extracción y consecuencia sociales, su “ser”, ni más ni menos. “Los pobres contra los ricos” es una novela. Pura y simplemente. Toda una novela y nada menos que una novela. ¿Qué precisa como tal? ¿Lirismo, caracteres, humanidad, tipología, conflictos, pasión, pensamiento, ímpetu y amplitud vitales... ? Todo nos aturdirá en “Los pobres contra los ricos” que es un orbe cerrado, un mundo sistemáticamente novelesco, un orden de arte, un principio y un fin, el fin y el principio que puede tener la vida acotada en sus más agudas, trágicas y significativas manifestaciones.
¡Qué exacto título “Los pobres contra los ricos” ! Buen pregón, grito de extensas resonancias, proclama de esferas cósmicas casi. Realmente, no hay más que pobres
y ricos. No hay ni buenos y malos, ni conservadores y revolucionarios, ni religiosos y ateos, ni negros y blancos. Sólo pobres y ricos. Lo sabemos bien los que hemos mamado jugos y savia de la verdad humana de los campos. En las sociedades primarias de los pueblos se sabe bien. La diferencia es trágicamente irremisible. En las ciudades modernas el dinero se mueve y el ritmo de vida da, a veces, una apariencia niveladora. En las aldeas los niños de Tena lo aprenden para toda la vida, y la riqueza y la pobreza siguen siendo referencia primordial. Arconada lo ha revelado magistralmente en el área novelesca.
Algún crítico ha encontrado “feo”
el profundo título de Arconada.
Añoraba seguramente los rótulos
metafóricos o de arcanas trasposiciones
Algún crítico ha encontrado “feo” el profundo título de Arconada. Añoraba seguramente los rótulos metafóricos o de arcanas trasposiciones. Otro crítico dice: “Su pauta la forman los días del cambio de régimen en un pueblecillo cualquiera, con botica, ayuntamiento, soleada plaza mayor... Pero es igual. Lo mismo podía haber elegido, cualquier otro hondo motivo. Porque aquí la novela es un pretexto para decir todas las cosas que el autor lleva dentro... Y siendo así, ¿cómo va a ser un pretexto el núcleo de la novela, lo que es en sí, su “hondo motivo?” Fijémonos: motivo hondo, sin el cual no existiría Arconada como tal novelista que nos ocupa; hondo motivo que es toda su razón de ser, ser y razón fundamentales. Si una época literarias se caracteriza por su unidad de temas, por su espíritu armónico de época, por su sistema global de conceptos, por su homogénea voluntad e impulsos creadores, no puede ser lo de menos el asunto en sí. ¿Es posible un asunto sin que su elección resalte la dirección vital del escritor? Hemos de entender, claro, por asunto, no la sucesión de hechos vacíos, sucia espuma; no “lo que pasa”, sino el nervio y hueso de la obra, su armazón interna y sustancia, su honda causalidad y motivación...
El arte posee –ya se sabe- pocos grandes asuntos. La novela, menos. Podría decirse, verbigracia: que el asunto de la novela es el hombre, la vida. Y dentro de ella cabe todo. Pero si vamos parcelando, reduciendo el enfoque, hallamos que una frase del personaje, una sensación, un atisbo, un destello, son tan asunto como el esquema de acontecimientos, anecdótico, de peripecias.
“Los hechos son como sacos. Si están vacíos no se tiene en pie”, dice Pirandello. El asunto, naturalmente, no son los sacos, sino el relleno. O sea, partículas vitales que le confieren valor permanente como en “Los pobres contra los ricos”.
Si Arconada escribe “La turbina” o “Reparto de tierras” no es porque el asunto se le haya deparado ahí en cualquier esquina.
Toda en la vida y en la novela es el asunto del escritor, el que lleva cada escritor dentro, su temperamento, su personalidad, el mundo y el material de cada escritor. Por que todo es asunto y el asunto es el hombre.
Arconada principia sus capítulos con morosa, gustosa delectación de escritor y descriptor. No llama guarro al sargento, pero el lector siente la náusea. En esto es de un realismo implacable que se enraíza con nuestra más pujante tradición literaria. Sigue las andanzas del palillo del sargento, quien no precisa de más para quedar definitivamente retratado. Acaso parezca excesivo regodeo en la inmundicia; es acierto de tono. Ritmo de prosa lento, a compás con las horas desmesuradas del reloj del cuartel. E inmersión de gran pintor naturalista e impresionista, al par, en la atmósfera viscosa que respira el sargento. Todo el detalle triste, lo que nos liga a la materia diaria de que nos servimos, se transplanta por Arconada. Las de pan, las manchas de grasa, los más humildes enseres caseros, los instrumentos en que fatalmente se apoya la vida del hombre, descuellan en la narración subrayando su profundo sentido de eternos compañeros del hombre... Es particular el gusto de Arconada por la descripción de los lugares como pajares, doblados, paneras, en consonancia, claro, con la humanidad que puebla su novela. ¡Cómo canta sin embargo en contraste; mejor dicho, como complemento de un novelista que persigue e incorpora un aire de cabal curso, las auroras, los días primaverales, los corazones adolescentes, la risa del pobre... ¡
Ser revolucionario, como Arconada,
es manera de ser romántico y místico.
Ama y odia, y hace amar y odiar.
Probablemente Arconada comienza sus capítulos hablando de los pájaros, de la luz de la pantalla, de los gatos. Es una divagador, cronista, ensayista. O habla de los caminos largos, de los árboles, de los sueños de las Cenicientas, de las “rectas chimeneas, válvulas por donde escapa la pesadez sentimental de los hogares”. Es un poeta. O de la injusticia social, de la política, de la historia. Es un pensador. Y todo lo trata siempre en su nexo con el hombre. Y siempre –comentador, pensador, poeta- es un revolucionario. Qué fácil es ser revolucionario. ¿El joven es entrometido, audaz, pedante? Bien, se hace revolucionario. ¿El no tiene más quehacer que asistir al Ateneo y leer los periódicos? Se compra una corbata roja y se hace revolucionario. ¿No siente la pesadumbre de su destino, una ética, la consciencia de una responsabilidad y una doctrina? Se hace revolucionario. Pero, ¡qué difícil es ser revolucionario! Ser sencillamente revolucionario, sin pedantería, sin desdén, por naturaleza como si dijéramos, sin esfuerzo, sin estridencia. En cada capítulo, en cada palabra, ser revolucionario hondamente, íntegramente...
No sólo las partes del libro, sino los párrafos y aún las frases las construye Arconada reduciéndolos a unidad y sistema. En esto se aprecia que sabe de música: en la armonía. Compone piezas armónicas. Y emplea también el ritornelo musical, poético, dramático. El motivo se intercala, une principio y fin. Esto es de poeta. Se repite el pensamiento central en cuyo derredor giran las estrofas, los cantos de la prosa de Arconada. Una prosa poemática, transida de lirismo, con cadencia interna medida como un romance, exaltada y recia como un romance...
Todo lo construye Arconada
reduciéndolo a unidad y sistema.
En esto se aprecia que sabe
de música: en la armonía
También es de poeta la pintura del ambiente y del mundo total que se respira. La creación del poeta abarca un completo orbe novelesco. Hay novelistas psicólogos que atienden al curso de la peripecia interior. Y hay novelistas poetas que en el contar integran un sentido cósmico preciso a la novela. La potencia lírica de Arconada está siempre presente en “Los pobres contra los ricos”. La naturaleza, el paisaje enmarcan justamente la vida de los hombres.
Arconada aprovecha con mesura ejemplar los adelantos estilísticos, formales. Abunda en imágenes tan insólitas como exactas: “Gritaban los chicos como becerros antes de salir al campo”. “Años hermosos como un prado”. “Las calles estaban blancas como si por la noche hubiera pasado el carro del molino con los costales rotos”. “La murmuración es siempre redonda como una camilla de brasero. Todos gustan de sentarse alrededor”. “Un alba suave, salida de los regazos de cristal de esos arroyos donde nunca muere la luz, asomaba su pechuga de cisne”.
En cuanto a afinidades literarias, Arconada se nos muestra de difícil entronque. Tres sombras lejanas de influencias y próximas de contemporaneidad se proyectan acaso: Baroja, Azorín, Cansinos-Assen. Bien entendido que él mismo declara: “Me creo próximo a esos nuevos escritores que hay en todo el mundo que, frente al intelectualismo especulativo e inútil, ponen su inteligencia en las nobles causas de la humanidad. Frente a la torre de marfil, la calle. Frente a lo libresco, lo humano. Nadie debe vivir en las nubes y mucho menos el escritor que tiene una misión colectiva y educadora”.
En cuanto a afinidades literarias,
Arconada se muestra de difícil entronque.
Acaso tres sombras lejanas de influencias
y próximas de contemporaneidad:
Baroja, Azorín, Cansinos-Assens.
Acomete las escenas con el brío y la violencia de Baroja; únicamente esto, y que Baroja es, en la novelística actual, antecedente de lo que sea acritud y desgarro. Pero Baroja es deshilachado, caótico. El suyo es un arte de desfile, de pasaje, de esquina con vientos. Una tolvanera de tipos. Mientras que Arconada no abandona sus personajes, no los hace aparecer y desaparecer, sino que los sigue y recoge su último aliento. Remata la concepción novelesca que es un círculo y no una línea sin fin.
Mentamos a Azorín como semejante a Arconada en lentitud descriptiva y amor a las cosas. Empero, no liga nada al escritor convulso y tormentoso –con claridad clásica- al otro frío y pequeño filósofo. Arconada podría decir “hermana cosa” franciscanamente, como gran amador que es. Quizá el espíritu franciscano sea compatible con el marxismo. Pero esto es resbaladizo...
Arconada no segrega humor como los escritores catalogados y aferrados a la forzosa pirueta, paradoja o caricatura. Es humorista cuando sobriamente lo exige el tema, cuando surge del propio tipo que ironiza. Sus invectivas son tan certeras como feroces. Adecuado ’sarcasmo cuando dice: “Hacen abriguitos de punto para los niños pobres. Piadosos corazones de señoras cristianas”.
No podría omitirse alguna consideración sobre el genuino léxico de Arconada. No solo su manera de relacionar elementos literarios, sino el desnudo vocablo, su valoración de novelista. Escoge las palabras más plásticas. Todos los giros, refranes, expresiones típicas rurales de Extremadura y Castilla suenan en su prosa. Sonoridad rotunda, sabrosa, de palabra añeja. Es un lenguaje expresivo, clásico y moderno, siempre vivo y profundo, con sabor castizo a gañanía, a labranza, a era, con olor a mies y a pan caliente. Argot moderno también de esquina madrileña.
Hay novelas que necesitan terminar porque se ha cerrado el ciclo novelesco. Hay noveles que pueden continuar. “Los pobres contra los ricos” ha de acabar forzosamente agotada la significación exacta y suficiente. Pero puede recomenzar cualquier día como la vida misma, como la misma revolución. Es tan finita como el hombre y su lucha, y tan eterna como el hombre y su lucha. Aquí estriba su mérito. Si hay una épica moderna es la de Arconada, y si hay una epopeya moderna es la de “Reparto de tierras”. Los homeros glorificadores de gestas se encarnan ahora en los defensores de lo pobre. No hay otra gesta que la diaria, menuda e ingente del pobre contra el rico.
Excelsa propaganda de los pobres. Los clásicos del XVII hacían propaganda de la monarquía y la religión, y “Fuente Ovejuna”, por ejemplo, drama social revolucionario, termina sometiéndose al fallo de rey, porque el rey representaba entonces la satisfacción de los anhelos justicieros del pueblo. O sea, no hemos sido nunca literariamente clásicos, fríos y equilibrados, sino románticos. Ser revolucionario, como Arconada, es otra manera de ser romántico y místico. Ama y odia, y hace amar y odiar. Y no importa que topemos con el materialismo histórico.
“Los pobres contra los ricos” resalta las sarcásticas contradicciones de los tiempos. La República española –historia de las monsergas políticas- es elocuentísima en tales contrasentidos y mudanzas. En cierta clase de política, la menos conforme a la condición del hombre, el tópico arraiga como el terreno propio. Nada supera en efecto cómico a la lectura de un periódico panegirista del rey con motivo de su cumpleaños, por ejemplo. En este aspecto, monarquía y república son valores equivalentes.
La última escamoteó por arte de birlibirloque una revolución, etc. Sin más divagaciones nos importa apuntar que el curso del “cambiazo” dado al pueblo –lleno de martingalas y engañifas políticas, que serían graciosas si no fuera trágicas- forman la clara y tirante urdimbre de “Los pobres contra los ricos”, que tendrá durante muchos años vigencia de estallante verdad.
Quisiéramos en un rasgo presentar la humanidad de Arconada, su censo novelesco. Pero lo que precisa de 286 páginas no cabe aquí. Amancia, Fidel Arroyo, el sar
gento, su mujer, Cristina; la hija, el guardia Oliveros, Lillo, López, don Nazario, tipo de cristiano que reza a Dios mientras de verdad se encomienda a los fusiles de la guardia civil; Don Policarpo, el boticario (sátira de la vieja literatura; vieja por vacía, inconsistente y caduca, porque lo viejo no define biológicamente, éticamente); Guillermito, mariconcito al servicio de los jesuitas; Pili y el tío Ayuca como una isla, y sus hijos que van sintiendo en su carne, a balazos, la mentira de la democracia republicana y la necesidad de salir a una verdad inmediata y firme sin posible retroceso.
El final es tenso y abarca el redondel de la tierra. Ya el autor había dicho : “La muerte es triste; pero los geranios crecen sobre las panzas, y la juventud mantiene ilusiones. ¡A vivir!” Rotundo punto final de la muerte. Final y recomienzo. Se ha cerrado un ciclo siempre en principio. Murieron. Siempre mueren los hombres. A los muertos se les tapa con cemento de olvido. Son, sin embargo, muertes fecundas. No hay que olvidar a los muertos, lo que más fácilmente se olvida...
(*)El escritor Eusebio García Luengo
fue amigo de Arconada
Valencia: Nueva Cultura 6, agosto/septiembre, 1935
(Las cursivas y negritas las hemos puesto nosotros)
NO HEMOS GUARDADO LAS CURSIVAS NI LAS NIGRITAS SOLO HEMOS MANTENIDO LOS SUMARIOS
TOMADO DE 'CAMINAR COMNOCIENDO' Nº 9 PAGINAS 19, 20, 21 y 22
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